Significado. La lengua redimida no puede callar; el creyente que ha probado la justicia salvadora de Dios proclama sin cesar Sus maravillas, porque la gracia recibida desemboca siempre en alabanza incesante.

Contexto. El Salmo 71 es la oración de un anciano piadoso, atribuido por la tradición a David en sus últimos años, asediado por enemigos y por la fragilidad de la vejez. A lo largo del salmo el suplicante ha clamado refugio, ha recordado la fidelidad de Dios desde su juventud y ha pedido no ser desamparado en las canas. Este versículo final corona la oración: tras suplicar liberación, el santo prorrumpe en voto de testimonio perpetuo, dirigiendo sus palabras tanto a Dios como a la congregación del pacto.

Explicación. «Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día» une dos términos cargados de peso reformado: la justicia (tsedaqah) de Dios no es aquí mera rectitud abstracta, sino Su fidelidad pactual que justifica y libra al indefenso. El salmista no se gloría en méritos propios, sino en la obra soberana de Aquel que «ha sido avergonzado» y «confundido» a los que buscaban su mal. La justicia divina se manifiesta condenando al impío y vindicando al humilde; ambas caras son obra de la pura iniciativa de Dios. La frase «todo el día» revela que la gratitud regenerada no es esporádica, sino el aliento continuo del corazón renovado por gracia.

Referencias relacionadas. El motivo de la lengua que confiesa resuena en el Salmo 35:28 y 51:14, donde la lengua liberada canta la justicia de Dios. La vindicación de los enemigos avergonzados evoca el Salmo 6:10 y Romanos 16:20. Sobre la justicia de Dios revelada en el evangelio, véase Romanos 1:16-17 y 3:21-26, donde Cristo es presentado como la justicia imputada al creyente.

Aplicación práctica. El santo reformado reconoce que toda liberación es regalo y no salario; por ello su respuesta natural es la alabanza perseverante, no solo en la prosperidad sino aun bajo asedio y vejez. Examina si tu lengua, redimida por Cristo, habla habitualmente de Su justicia, o si el silencio delata un corazón frío. La confesión pública pertenece a la vida del pueblo del pacto: hablar de Sus maravillas edifica a los hermanos y honra al Dios que nos vindicó en la cruz.

Para reflexionar. ¿De qué hablo «todo el día»: de mis temores y enemigos, o de la justicia fiel de Dios que ya me ha rescatado en Cristo?

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