Significado. La verdadera dicha del creyente no consiste en los bienes que posee, sino en el Dios al que pertenece: «acercarme a Dios es el bien». Aquí late el descanso del alma redimida que ha hallado su tesoro en el Señor mismo.

Contexto. Este salmo pertenece al tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, uno de los músicos y videntes establecidos por David para el culto del templo. El salmo nace de una crisis espiritual: Asaf casi tropieza al contemplar la prosperidad de los impíos, hasta que entró en el santuario de Dios y comprendió el destino final de los malvados. Estos versículos finales son la conclusión serena de un alma que ha sido restaurada. Los destinatarios originales eran los adoradores de Israel, pero el salmo habla a todo creyente tentado a envidiar al mundo.

Explicación. El versículo abre con un fuerte contraste («mas» o «pero»): frente a los que se alejan de Dios y perecen, el salmista declara que su bien está en acercarse. El verbo hebreo evoca la proximidad cultual, el privilegio de entrar a la presencia santa, algo que solo la gracia hace posible. Desde una lectura reformada, este «acercarse» no es mérito humano sino fruto de la obra soberana de Dios que atrae a los suyos (Juan 6:44). Asaf pone su «refugio» o esperanza en el Señor Jehová, confiando no en sus fuerzas sino en el Dios del pacto. El propósito final es proclamar todas las obras de Dios: la salvación culmina en alabanza, pues somos hechos para Su gloria.

Referencias relacionadas. El acceso a Dios alcanza su plenitud en Cristo, único mediador: «por medio de él tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2:18). Compárese con Salmos 16:11 («en tu presencia hay plenitud de gozo»), con Hebreos 10:22 (acercarse con corazón sincero) y con Filipenses 3:8, donde Pablo estima todo como pérdida por la excelencia de conocer a Cristo.

Aplicación práctica. En una cultura que mide el bien por logros, posesiones y reconocimiento, este versículo reorienta el corazón: el mayor bien disponible es la comunión con Dios. Cuando la fe vacila ante la aparente ventaja de los incrédulos, el remedio es volver al santuario, es decir, a la Palabra, la oración y la mesa del Señor, y poner allí nuestro refugio. El creyente reformado halla seguridad no en circunstancias cambiantes, sino en el Dios inmutable que lo sostiene hasta el fin.

Para reflexionar. ¿Está mi corazón buscando su descanso en la cercanía de Dios, o todavía mido mi bienestar por lo que el mundo ofrece y envidia?

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