Significado. El salmista observa con perplejidad que los impíos parecen vivir exentos de las cargas y aflicciones que pesan sobre los demás mortales. Es el retrato de una prosperidad terrenal que, sin la luz del santuario, se vuelve un enigma que tienta la fe.

Contexto. El Salmo 73 abre el tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, uno de los maestros del canto designados por David para el servicio del templo. Israel, como pueblo del pacto, esperaba ver la justicia retributiva de Dios; sin embargo, Asaf confiesa que casi resbaló al contemplar la holgura de los malvados frente al sufrimiento de los justos. El versículo 5 forma parte de esa descripción inicial (vv. 4-12) que precede al giro decisivo en el santuario (v. 17).

Explicación. «No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres.» El término hebreo evoca el fatigoso afán humano (el ‹amal› de la vida bajo el sol) y los golpes correctivos que tocan a todos. Asaf percibe que los impíos parecen flotar por encima de la condición común. Desde una lectura reformada, esto no niega la soberanía de Dios sino que la presupone: el Señor, en su sabio gobierno, concede a los reprobos una paciencia temporal (Rom. 2:4-5) que no es señal de favor salvífico sino preludio de juicio. La aparente inmunidad es engaño de la apariencia; la realidad última se mide desde la eternidad, no desde la mesa del banquete presente. La gracia común explica el bienestar exterior; la gracia especial, ausente aquí, sería la única bendición verdadera.

Referencias relacionadas. Job 21:7-13 plantea la misma queja sobre la prosperidad de los malos; Jeremías 12:1 la lleva ante Dios en oración. Lucas 16:19-25 muestra el desenlace eterno del rico que «pasaba sin trabajos». Salmos 73:18-19 revela el «lugar resbaladizo» donde Dios los ha puesto, y 1 Corintios 15:19 recuerda que la esperanza cristiana trasciende esta vida.

Aplicación práctica. El creyente de hoy todavía se desconcierta al ver al incrédulo próspero, sano y despreocupado mientras el fiel carga con pruebas. La respuesta no está en la calculadora de las apariencias sino en el santuario: contemplar a Cristo y el fin de todas las cosas. Lo que parece ausencia de aflicción en el mundo puede ser, en verdad, ausencia de la disciplina amorosa con que el Padre trata a sus hijos (Heb. 12:6-8). Mejor azotados y de Dios, que prósperos y sin Él.

Para reflexionar. ¿Mido el favor de Dios por la comodidad presente o por la herencia eterna que tengo en Cristo?

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