Significado. El versículo describe la furia destructora de los enemigos que, con hachas y martillos, despedazan la obra del santuario; es el lamento de quien ve profanado el lugar donde Dios había puesto su nombre.

Contexto. El Salmo 74 es un masquil de Asaf, una lamentación comunitaria que la mayoría sitúa tras la destrucción del templo por Babilonia (586 a.C.) o, según otros, en una profanación posterior. El pueblo del pacto contempla las ruinas del santuario y clama a Dios, su Rey antiguo, preguntando por qué ha rechazado para siempre a las ovejas de su prado. El versículo 6 pertenece a la sección que detalla, con angustia, la violencia ejercida sobre el lugar de adoración.

Explicación. «Y ahora» marca el contraste entre la gloria pasada y el presente desolado; los entalladuras o tallas del templo, fruto de arte consagrado a Dios, son quebradas «con hachas y martillos». El verbo hebreo evoca un golpear deliberado, no accidental: es profanación premeditada. Desde la perspectiva reformada, este texto no nos lleva a concluir que Dios perdió el control, sino lo contrario: el mismo Dios soberano que había levantado el santuario permitió, en su justo gobierno, que el juicio cayera sobre un pueblo infiel (Deuteronomio 28). La destrucción de lo sagrado revela tanto la santidad de Dios, que no transige con el pecado, como su fidelidad pactual, pues aun en el castigo no abandona a los suyos.

Referencias relacionadas. Lamentaciones 2:6-7 describe la misma profanación del santuario; 1 Reyes 6:29-32 muestra las tallas que aquí son destruidas; 2 Crónicas 36:17-19 narra el incendio del templo. La aparente derrota del lugar santo apunta, en clave cristocéntrica, a Aquel cuyo cuerpo sería el verdadero templo, destruido y levantado al tercer día (Juan 2:19-21), garantizando que la adoración de Dios jamás quedaría sin morada.

Aplicación práctica. Habrá temporadas en que lo que tuvimos por inquebrantable —una congregación, un ministerio, una herencia espiritual— parezca caer bajo el hacha. El creyente reformado no responde con desesperación ni con resignación fatalista, sino con la oración que sigue en el salmo: recuerda los hechos antiguos de Dios y confía en su pacto. Lo que el enemigo derriba, Dios lo sostiene en Cristo; ninguna ruina visible anula su propósito eterno de salvación.

Para reflexionar. Cuando veo derrumbarse aquello que creía permanente, ¿corro a lamentarme con el mundo o me aferro al Dios soberano que reina aun sobre las ruinas?

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