Significado. Dios mismo amonesta a los soberbios y a los impíos: la jactancia humana se desploma ante el Juez que solo Él levanta y abate. Toda exaltación que no provenga de su mano es vana presunción.

Contexto. El Salmo 75 se atribuye a Asaf, director del culto en tiempos de David, y forma parte del tercer libro del Salterio. Es un cántico de acción de gracias que celebra el juicio justo de Dios sobre las naciones. El versículo 4 introduce la voz del Señor (o de su siervo en su nombre) dirigiéndose a quienes confían en su propia fuerza, en un contexto donde el pueblo del pacto aguarda que Dios derribe a los orgullosos y sostenga a los humildes.

Explicación. «Dije a los insensatos: No os infatuéis; y a los impíos: No os enaltezcáis». El verbo hebreo halal aquí connota una jactancia vacía, una autoglorificación necia. La imagen del «cuerno» (qeren) que sigue simboliza poder y dignidad; alzarlo es arrogarse una autoridad que pertenece solo a Dios. Desde la perspectiva reformada, este versículo proclama la soberanía absoluta del Señor sobre el destino de los hombres: ninguna criatura se exalta a sí misma, pues «no es del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». La gracia humilla al pecador y desnuda su pretensión de autonomía, recordándole que toda autoridad legítima desciende del trono celestial.

Referencias relacionadas. El motivo del orgullo abatido recorre la Escritura: «El altivo de ánimo suscita contiendas» (Proverbios 28:25); «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5). El cántico de Ana anticipa esta justicia: «No multipliquéis palabras de grandeza y altanería» (1 Samuel 2:3). Y María lo proclama cristológicamente: «Esparció a los soberbios... quitó de los tronos a los poderosos» (Lucas 1:51-52).

Aplicación práctica. En una cultura que celebra la autoafirmación y la marca personal, este versículo nos llama al arrepentimiento de la jactancia. El creyente reformado vive coram Deo, ante el rostro de Dios, sabiendo que cada don, talento y logro es gracia inmerecida. Cuando seas tentado a alzar tu cuerno —a enaltecerte sobre otros, a confiar en tu mérito o influencia— recuerda que el Juez justo abate al altivo en su tiempo. Descansa, en cambio, en Cristo, quien se humilló hasta la cruz y fue exaltado por el Padre, para que toda lengua confiese su señorío.

Para reflexionar. ¿En qué áreas de tu vida estás «alzando el cuerno» —confiando en tu propia fuerza o reputación— en lugar de inclinarte ante la soberanía del Dios que humilla a los soberbios y exalta a los humildes?

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