Significado. Dios tomó a un pastor de ovejas para que pastoreara a su pueblo; la elección de David revela que el Rey verdadero es escogido por gracia soberana, no por mérito humano.

Contexto. El Salmo 78 es un salmo didáctico atribuido a Asaf, cantor levita en tiempos de David. Es un extenso recital histórico que recorre la infidelidad reiterada de Israel desde el éxodo hasta la monarquía, con el fin de instruir a las generaciones futuras (vv. 1-8). El salmo culmina en los vv. 67-72 con el rechazo de Efraín y la elección de Judá, de Sión y de David. El versículo 71 describe el llamamiento de aquel a quien Dios sacó «de detrás de las ovejas que criaban» para apacentar a Jacob, su pueblo, y a Israel, su heredad.

Explicación. El verbo «pastorear» (en hebreo, ra'ah) enlaza el oficio literal de David con su vocación regia: el rey es ante todo un pastor bajo el gran Pastor. La frase «las ovejas que criaban» (las hembras paridas) subraya la humildad del origen de David, contrastada con la grandeza de su destino. Desde una lectura reformada, aquí brilla la soberanía electiva de Dios: «no escogió a Efraín, sino que escogió a la tribu de Judá» (vv. 67-68). David no se postula; es tomado, sacado, constituido. Su reinado es don del pacto, anticipo del pacto eterno con la casa de David (2 Samuel 7). El término «heredad» (nahalah) acentúa que el pueblo es posesión de Dios, confiada al pastor humano como mayordomo, nunca como dueño.

Referencias relacionadas. El llamamiento de David desde el redil aparece en 1 Samuel 16:11-13. La imagen del pastor-rey resuena en Ezequiel 34:23, donde Dios promete «un solo pastor». Todo apunta a Cristo, el Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Juan 10:11) y el Pastor y Obispo de las almas (1 Pedro 2:25; Hebreos 13:20). El pacto davídico se cumple en Él (Lucas 1:32-33).

Aplicación práctica. Dios sigue llamando a los suyos desde lugares humildes para servir a su rebaño; nadie es demasiado pequeño para su propósito ni demasiado grande para escapar de su gracia. Quienes hoy guían en la iglesia deben recordar que el rebaño no les pertenece: es heredad de Dios, comprada con sangre. Sirvamos con la mansedumbre de un pastor y la fidelidad de un mayordomo, descansando en que la salvación no depende de nuestra fuerza sino de su elección soberana.

Para reflexionar. Si Dios escoge y capacita a quien Él quiere para pastorear a su pueblo, ¿descanso en su llamamiento soberano o sigo confiando en mis propias credenciales?

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