Significado. En la cruz de Cristo, la misericordia y la verdad se abrazan, y la justicia y la paz se besan: Dios cumple sus promesas sin negar su santidad.

Contexto. El Salmo 85 es un salmo comunitario de los hijos de Coré, dirigido al músico principal. Compuesto probablemente tras el regreso del exilio, mira hacia atrás a la restauración ya concedida (vv. 1-3) y suplica un avivamiento pleno en medio de pruebas presentes (vv. 4-7). El versículo 10 pertenece a la sección final, donde el salmista escucha lo que Dios hablará (v. 8) y describe la salvación que se acerca a los que le temen. Los destinatarios son el pueblo del pacto, que aprende a esperar en la fidelidad divina más que en sus propios méritos.

Explicación. El versículo personifica cuatro atributos pactuales: «misericordia» (hesed, el amor leal del pacto) y «verdad» (emet, la fidelidad de Dios a su palabra) se encuentran; «justicia» (tsedeq) y «paz» (shalom) se besan. La tensión aparente es profunda: ¿cómo puede un Dios justo extender misericordia a pecadores sin comprometer su rectitud? La teología reformada responde que esta reconciliación de los atributos divinos halla su pleno sentido en la obra mediadora de Cristo. En la propiciación, la justicia es satisfecha y la misericordia se derrama; la verdad de las promesas se confirma y la paz con Dios se establece. No es Dios dividido contra sí mismo, sino el Dios uno cuyos perfecciones convergen en el Calvario por designio soberano.

Referencias relacionadas. Romanos 3:26 muestra a Dios «justo, y el que justifica» al pecador que cree. Salmos 89:14 declara que justicia y juicio son el cimiento de su trono, precedidos por misericordia y verdad. Juan 1:17 anuncia que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo, y Colosenses 1:20 proclama la paz hecha mediante la sangre de su cruz.

Aplicación práctica. El creyente atribulado puede descansar en que el perdón de Dios no es una indulgencia que ignora el pecado, sino una gracia comprada a precio infinito. Esto humilla todo orgullo y consuela toda conciencia herida: no debemos elegir entre un Dios santo y un Dios amoroso, pues ambos se besan en Cristo. Vivamos, entonces, como pueblo reconciliado, buscando que la verdad y la paz se abracen también en nuestras relaciones, en la iglesia y en el hogar.

Para reflexionar. ¿Descanso de veras en que la justicia de Dios fue plenamente satisfecha en Cristo, o todavía intento ganar con mis obras la paz que solo la gracia puede dar?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad