Significado. Todas las naciones que Dios hizo vendrán a postrarse ante Él, porque el Señor que crea es también el Señor que es adorado por toda la tierra.

Contexto. El Salmo 86 es una oración de David, descrita en su título como «oración», una de las pocas atribuidas explícitamente a él dentro del Salterio. Brota de un tiempo de aflicción y de acoso por parte de hombres soberbios (v. 14), y por eso el salmista clama pidiendo misericordia, instrucción y un corazón íntegro. En medio de su angustia personal, David eleva la mirada por encima de su circunstancia inmediata y contempla el propósito universal de Dios. El destinatario primero es el propio creyente afligido de Israel, pero el horizonte del versículo 9 abarca a todos los pueblos de la tierra.

Explicación. La expresión «todas las naciones que hiciste» une dos verdades reformadas inseparables: la soberanía de Dios en la creación y su derecho absoluto a recibir adoración. Lo que Él hizo, le pertenece, y por eso le debe gloria. El verbo «vendrán y se postrarán» no es un mero deseo piadoso, sino una declaración profética de lo que ciertamente sucederá según el decreto eterno; la voluntad de Dios de ser glorificado entre las naciones no puede frustrarse. «Glorificarán tu nombre» señala que el fin último de la salvación de los gentiles es la honra del nombre de Dios, no la exaltación del hombre. Aquí late ya, en germen, la doctrina de la gracia que recoge un pueblo de toda lengua y tribu por pura iniciativa divina.

Referencias relacionadas. Este versículo anticipa la promesa hecha a Abraham de que en él serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:3) y resuena en Isaías 2:2-3. Su cumplimiento cristocéntrico aparece en Mateo 28:19, en Filipenses 2:10-11 («toda rodilla se doble») y, de modo glorioso, en Apocalipsis 15:4, que casi cita este texto al describir a las naciones adorando ante el Cordero.

Aplicación práctica. Cuando el creyente se siente pequeño, acosado o desanimado, este versículo lo levanta a una esperanza mayor que sus problemas: el Dios que él adora será adorado por el mundo entero. Esto sostiene la oración por los perdidos, alimenta el celo misionero y nos recuerda que la causa del evangelio no depende de nuestra fuerza, sino del decreto soberano de Aquel que reúne a su pueblo. Adorar hoy es unirnos por anticipado al coro de las naciones redimidas.

Para reflexionar. ¿Vive mi corazón con la misma certeza de David de que Dios será glorificado por todos los pueblos, y dejo que esa certeza moldee mi oración y mi misión?

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