Significado. El necio del corazón afirma que Dios no ve ni se interesa por la injusticia; pero quien hizo el ojo y el oído contempla y juzga toda obra de los hombres.

Contexto. El Salmo 94 pertenece a la colección de los salmos del reino de Dios y carece de título que identifique a su autor; la tradición lo asocia al período en que el pueblo de Dios padecía bajo gobernantes inicuos. Es un clamor a Yahvé como «Dios de las venganzas» (v. 1), una súplica para que el Juez de toda la tierra se levante contra los soberbios que oprimen a la viuda, al extranjero y al huérfano. El versículo 7 cita las palabras blasfemas de esos opresores, poniendo al descubierto la raíz de su maldad: una negación práctica de la providencia divina.

Explicación. «Y dijeron: No verá Yah, ni entenderá el Dios de Jacob.» El salmista reproduce el razonamiento del impío, que no niega abiertamente la existencia de Dios, sino su gobierno activo y su conocimiento. Es un ateísmo funcional: vivir como si el cielo estuviese ciego. Llama notablemente a Dios «el Dios de Jacob», recordando al pacto: el Dios que se ligó a su pueblo no puede desentenderse de los suyos. Desde la perspectiva reformada, esto exalta la soberanía y la omnisciencia de Dios, atributos inseparables de su providencia: nada escapa a sus decretos ni a su mirada. La presunción del impío descansa en suponer que Dios es como él, olvidadizo y limitado; el salmo desmiente esa ilusión y prepara la respuesta del versículo 9.

Referencias relacionadas. El Salmo 10:11 expresa el mismo engaño: «Dios ha olvidado, ha encubierto su rostro». Job 22:13 pone palabras semejantes en boca del impío. En contraste, Proverbios 15:3 declara que «los ojos de Jehová están en todo lugar», y Hebreos 4:13 enseña que «todas las cosas están desnudas y abiertas» ante aquel a quien daremos cuenta. Cristo, el Juez justo (Hechos 17:31), confirma que ninguna obra quedará oculta.

Aplicación práctica. Vivimos rodeados de la misma mentira: la idea de que podemos pecar en secreto sin consecuencias, o de que la injusticia social nunca será saldada. El creyente que confía en la soberanía de Dios halla, por un lado, sobrio temor —pues camina siempre ante el rostro de Dios— y, por otro, dulce consuelo: ningún oprimido es invisible al Señor. No tomamos venganza por mano propia; descansamos en que el Dios de Jacob ve, entiende y obrará a su tiempo perfecto.

Para reflexionar. ¿Vivo realmente como quien está siempre delante del Dios que todo lo ve, o he caído, en algún rincón de mi vida, en el ateísmo práctico de suponer que Dios no se da cuenta?

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