Significado. Todos los dioses de los pueblos son ídolos vanos, simples nadas fabricadas por manos humanas; solo el Señor, el Dios del pacto, es el verdadero Creador del cielo. La gloria pertenece únicamente a quien hizo todas las cosas.

Contexto. El Salmo 96 es un cántico de entronización que celebra el reinado universal del Señor; la tradición lo vincula con 1 Crónicas 16, cuando David trajo el arca a Jerusalén. Israel, rodeado de naciones idólatras, recibe el mandato de proclamar entre los gentiles que su Dios reina. El salmo es misionero y escatológico, anticipando que toda la tierra adorará al único Dios verdadero.

Explicación. El versículo establece un contraste tajante. La palabra hebrea «elilim», que traducimos «ídolos», significa literalmente «nadas» o «cosas vanas»; juega irónicamente con «elohim», «dioses». Los falsos dioses de los pueblos carecen de existencia real, son vacíos sin poder. Frente a ellos se afirma que «el Señor hizo los cielos». Aquí late la doctrina reformada de la soberanía absoluta del Creador: solo Aquel que dio el ser a todo lo que existe merece adoración. La criatura jamás puede compartir la gloria del Creador; toda idolatría es, en el fondo, un robo a esa gloria que pertenece a Dios solo.

Referencias relacionadas. Isaías 44:9-20 expone la insensatez de fabricar dioses; el Salmo 115:4-8 retrata a los ídolos que ni ven ni oyen. Jeremías 10:11-12 repite el mismo contraste entre los dioses que perecerán y el Dios que hizo la tierra con su poder. En el Nuevo Testamento, Juan 1:3 y Colosenses 1:16 revelan que por medio de Cristo, el Verbo eterno, fueron hechos los cielos; así, el Creador del salmo es leído cristocéntricamente.

Aplicación práctica. Los ídolos de hoy rara vez son de madera; son el dinero, el éxito, el poder o nuestros propios deseos. Todo lo que ocupa el lugar que solo a Dios corresponde es una «nada» que promete y no cumple. El creyente, sostenido por la gracia soberana, está llamado a examinar su corazón, derribar sus altares secretos y rendir adoración exclusiva al Dios que hizo los cielos y que, en Cristo, lo redimió.

Para reflexionar. ¿Qué «nadas» compiten hoy en tu corazón por la gloria que solo pertenece al Dios que hizo los cielos?

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