Significado. Los relámpagos del Señor alumbran el mundo entero, y la tierra entera tiembla ante la gloria de su reinado soberano. Donde Dios resplandece, la creación reconoce a su Rey.

Contexto. El Salmo 97 pertenece a la colección de los llamados «salmos de entronización» (Salmos 93-99), que celebran el reinado universal del Señor. Aunque su autor humano no se nombra, la tradición lo asocia al culto de Israel. Compuesto para un pueblo rodeado de naciones idólatras, proclama que Yahvé, y no los ídolos, gobierna sobre toda la tierra. Sus destinatarios son los fieles del pacto, llamados a alegrarse mientras los adoradores de imágenes son confundidos.

Explicación. El verbo «alumbraron» describe los relámpagos como instrumentos de la teofanía: Dios se manifiesta con la majestad del Sinaí, envuelto en nubes, fuego y temblor. La frase «la tierra vio» personifica a la creación entera como testigo que percibe la gloria divina; y «se estremeció» (en hebreo, retorcerse de temor) revela que ninguna criatura permanece neutral ante el Rey. Desde una perspectiva reformada, este versículo declara la soberanía absoluta de Dios sobre el cosmos: Él no negocia su trono, lo ejerce. El temblor de la tierra no es mera poesía, sino la respuesta debida de toda la creación al Dios santo cuya majestad sostiene y gobierna cada átomo.

Referencias relacionadas. La imagen recuerda la teofanía del Sinaí (Éxodo 19:16-18) y los truenos del Salmo 18:13-14. Habacuc 3:3-6 retoma este temblor cósmico ante la venida de Dios. En el Nuevo Testamento, la gloria que estremece la tierra culmina en Cristo, ante quien «toda rodilla se doblará» (Filipenses 2:10-11), y cuya segunda venida sacudirá cielos y tierra (Hebreos 12:26-27).

Aplicación práctica. Si la creación inanimada tiembla ante la gloria de Dios, ¿cuánto más debemos los redimidos vivir con temor reverente y gozo? Este versículo nos libra de un cristianismo trivial y cómodo: el Dios que adoramos es el mismo cuyos relámpagos alumbran el mundo. Frente a las ansiedades, los ídolos modernos y los poderes que pretenden gobernar, el creyente descansa sabiendo que el Señor reina. Adoremos con asombro y confiemos sin reservas en su soberanía.

Para reflexionar. ¿Reconozco en mi vida diaria que el Dios cuyos relámpagos estremecen la tierra es el mismo que me llama, con ternura, su hijo en Cristo?

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