Significado. Ante la presencia del Rey soberano, hasta los montes -símbolo de lo más firme y permanente- se derriten como cera; nada en la creación puede resistir la majestad del Señor de toda la tierra.

Contexto. El Salmo 97 pertenece al grupo de los salmos de entronización (93; 95-99), cánticos que proclaman «¡El Señor reina!». Aunque no lleva título de autor, la tradición lo asocia al espíritu davídico del culto de Israel. Su escenario es litúrgico: el pueblo del pacto reunido para celebrar el reinado universal de Yahvé. Los destinatarios originales eran los israelitas posteriores al exilio o del período monárquico, llamados a confiar en el Dios que gobierna sobre las naciones y sus ídolos. La teofanía de los versículos 2-5 evoca el Sinaí y anticipa la consumación del reino.

Explicación. El verbo «se derritieron» (en hebreo, namasu) describe la disolución total de lo aparentemente inamovible. Los montes representan la estabilidad de la tierra y, a menudo, el orgullo de los poderes humanos; ante el Señor pierden toda consistencia. La imagen de la «cera» subraya la absoluta soberanía divina: la naturaleza misma se rinde a su Creador. El título «Señor de toda la tierra» afirma que su reino no es local ni tribal, sino cósmico y universal. Para la teología reformada, este versículo exalta la majestad incomunicable de Dios y la radical dependencia de toda criatura respecto de su voluntad. Leído cristocéntricamente, el «Señor de toda la tierra» es el Cristo exaltado, a quien fue dado todo poder, ante cuyo trono toda rodilla se doblará.

Referencias relacionadas. Miqueas 1:3-4 describe los montes derritiéndose bajo los pies del Señor; Nahúm 1:5 declara que los montes tiemblan ante él. El Sinaí humeante (Éxodo 19:18) prefigura esta teofanía. El señorío universal aparece en Zacarías 4:14 y Josué 3:11. En el Nuevo Testamento, Filipenses 2:10-11 y Apocalipsis 20:11, donde ante el rostro del que se sienta en el trono huyen el cielo y la tierra, recogen el mismo temor reverente.

Aplicación práctica. Si los montes se derriten ante Dios, ¿cuánto más deberían humillarse nuestros corazones endurecidos y nuestras seguridades terrenales? Este versículo nos invita a no idolatrar lo que parece sólido -el dinero, el poder, la propia fuerza- y a descansar en el único soberano que nunca cambia. En tiempos de inestabilidad, la iglesia halla consuelo: el mismo Rey ante quien tiembla la creación gobierna cada detalle de nuestra vida con sabiduría y gracia pactual.

Para reflexionar. ¿Qué «montes» de mi vida considero inamovibles, y estoy dispuesto a que se derritan ante la soberanía del Señor de toda la tierra?

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