Salmo 98:5
Significado. El versículo convoca al pueblo redimido a alabar al Señor con instrumentos y melodía, porque el Dios soberano merece una adoración ordenada, gozosa y centrada en su gloria.
Contexto. El Salmo 98 pertenece a la colección de los salmos del reino (Salmos 93 al 99), cantos litúrgicos de Israel que celebran a Yahvé como Rey universal. Aunque anónimo en su encabezado hebreo, lleva el sencillo título «Salmo» y fue compuesto para la adoración congregacional del pueblo del pacto. Su ocasión es la celebración de las obras salvíficas de Dios: él ha hecho «maravillas», ha alcanzado «la victoria» y ha manifestado su justicia ante las naciones. Los destinatarios originales eran los israelitas reunidos en el templo, pero su horizonte se extiende a toda la tierra, anticipando el reinado mesiánico.
Explicación. «Cantad salmos a Jehová con arpa; con arpa y voz de cántico.» El verbo hebreo zamar denota hacer música y alabar simultáneamente, uniendo el instrumento y la voz en una sola ofrenda. El kinnor (arpa o lira) era el instrumento por excelencia del culto levítico. Desde una lectura reformada, este mandato no es invitación al sentimentalismo, sino respuesta obediente a la iniciativa soberana de Dios, quien primero salva y luego suscita la alabanza. La adoración brota de la gracia: no creamos el motivo del canto, lo recibimos. El nombre del pacto, Jehová, recuerda que adoramos a un Dios que se ha revelado y comprometido con su pueblo, y que el orden del culto refleja su santidad, no el capricho humano.
Referencias relacionadas. El llamado a cantar con arpa resuena en Salmos 33:2 y Salmos 150:3-5, donde toda la creación tributa alabanza. La salvación que motiva el canto apunta a Cristo, «la salvación» que Dios preparó ante todos los pueblos (Lucas 2:30-32). El cántico nuevo de Salmos 98:1 halla su eco escatológico en Apocalipsis 5:9, donde los redimidos cantan al Cordero que los compró con su sangre.
Aplicación práctica. La iglesia de hoy está llamada a una adoración que honre la majestad de Dios con corazón, voz y orden. Cantar al Señor no es relleno del culto, sino confesión teológica: proclamamos lo que él ha hecho en Cristo. Que nuestros cánticos surjan de la gratitud por la redención lograda, no del deseo de espectáculo, recordando que adoramos por gracia y para la gloria de Dios.
Para reflexionar. ¿Brota tu alabanza de un asombro genuino por la salvación soberana que Dios ha obrado en Cristo, o se ha vuelto mera costumbre?