Significado. El llamado a exaltar al Señor y postrarse ante su santo monte culmina en una confesión definitiva: «porque el Señor nuestro Dios es santo». La adoración no nace del capricho humano, sino de quien Dios es en sí mismo.

Contexto. El Salmo 99 pertenece a los llamados salmos del reinado del Señor (Salmos 93-100), que celebran a Dios entronizado como Rey soberano sobre toda la tierra. Aunque el salmo es anónimo, la tradición lo sitúa en el culto de Israel, dirigido al pueblo del pacto reunido para adorar. El versículo 9 cierra el salmo repitiendo, con intensificación, el estribillo del versículo 5, conduciendo a la asamblea desde el estrado de sus pies hacia su santo monte, Sión, donde habita el Rey santo.

Explicación. El imperativo «exaltad» (rûm) convoca a engrandecer al Señor, no añadiéndole gloria, sino reconociendo la que ya posee. La adoración se ordena «a su santo monte», lugar de la presencia pactual de Dios entre los querubines. El fundamento triple del salmo (santo, santo, santo en los vv. 3, 5 y 9) anticipa el trisagio de Isaías 6 y Apocalipsis 4. Desde la perspectiva reformada, esta santidad no es un atributo entre otros, sino la majestad de Dios soberano que se distingue absolutamente de su creación; por eso el creyente se acerca solo por gracia, mediante la mediación que el monte de Sión prefiguraba y que halla su cumplimiento en Cristo, nuestro Sumo Sacerdote.

Referencias relacionadas. El estribillo resuena con Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8 en la triple proclamación de la santidad divina. El monte santo apunta a Hebreos 12:22, donde los redimidos llegan «al monte de Sión». La exaltación del Rey santo se entrelaza con Salmos 2:6 y Filipenses 2:9-11, donde Dios exalta al Hijo. La postración ante su santidad recuerda Éxodo 3:5 y Levítico 11:44-45.

Aplicación práctica. Nuestra adoración tiende a girar en torno a nuestras emociones o necesidades; este versículo la reorienta hacia el carácter santo de Dios. Adorar bíblicamente es responder con reverencia a quien Él es. En una cultura que rebaja lo sagrado, la iglesia está llamada a recuperar el temor reverente, sabiendo que el mismo Dios santo nos ha acercado en Cristo, no para aplastarnos, sino para reconciliarnos. Acerquémonos, pues, con confianza y con asombro.

Para reflexionar. ¿Mi adoración brota del reconocimiento de la santidad soberana de Dios, o de lo que espero recibir de Él?

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