Pero no debiste haber mirado el día de tu hermano, el día en que se hizo extraño, es decir, cuando Edom deleitó sus ojos en las desgracias que le sucedieron a Judá; ni debiste haberte regocijado por los hijos de Judá en el día de su destrucción, cuando la calamidad vino sobre el pueblo del Señor como resultado de su alejamiento del Señor; ni debiste haber hablado con orgullo, literalmente, "engrandeció tu boca", en total burla, en el día de la angustia.

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