En estas breves repeticiones de leyes se establecieron dos bonitas promesas y solemnes advertencias. Las leyes reiteradas eran fundamentales. No debe haber idolatría. Debe haber una observancia perpetua del sábado y una reverencia constante en el santuario. Las grandes promesas muestran cómo las condiciones de bienestar son siempre totalmente dependientes de la obediencia al gobierno de Dios.

De la misma manera, las advertencias muestran que la desobediencia siempre será seguida de calamidad.

Es sumamente instructivo al dar la ley, observar cómo evidentemente el Rey conocía la decadencia y el vagabundeo del pueblo, y que a pesar de este hecho, se hicieron estas promesas de restauración final. Así, mientras que la responsabilidad humana se hace cumplir de la manera más solemne, se hace de tal manera que crea la convicción de que el amor de Dios finalmente resultará victorioso sobre todos los fracasos humanos.

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