"Y los jóvenes se levantaron y lo envolvieron, lo sacaron y lo sepultaron".

Luego, los jóvenes se adelantaron, envolvieron su cuerpo en un sudario, se lo llevaron y lo enterraron. En el clima caluroso del Medio Oriente era aconsejable un entierro rápido, pero en Jerusalén, la ciudad santa, era esencial. Ningún cadáver debe dejarse hasta la mañana. Sin duda se aseguraron de que se cumplieran los requisitos oficiales en cuanto a muerte súbita, aunque hubo suficientes testigos que pudieron dar testimonio de lo sucedido.

Y esa es toda la historia de Ananías, el hombre que le mintió a Dios. Tan rápido se deshizo de él, y claramente nadie lloró por él. Él había sido solo un bache en el avance continuo del pueblo de Dios. Qué contraste con el futuro de Bernabé, la estrella brillante que iría hacia cosas cada vez más grandes.

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