Salmo 22:26

I. En general, este versículo enseña que hay una cosa incluso en este mundo fugaz que es inmortal. El hombre lleva en la frente la corona de su majestad reinante, porque su naturaleza es imperecedera. El estado de un alma se puede cambiar, pero su naturaleza es inalterable.

II. Es útil saber aquí que el texto establece una distinción entre la vida y la mera existencia. Se nos informa que estos corazones nuestros pueden tener uno de dos estados morales. Cualquiera de estos que se posea como carácter permanente decide el destino. El corazón que busca a Dios entra inmediatamente en la cercanía de la presencia de Dios, donde hay plenitud de gozo. El corazón que voluntariamente se niega a buscar a Dios es forzado a la oscuridad del destierro total de Dios para el futuro interminable. A la primera de estas condiciones las Escrituras le han dado el nombre de vida, a la segunda muerte.

III. El texto evidencia su autoridad mediante un lenguaje perentorio y sencillo. Hay tres leyes fijas de la naturaleza humana que, trabajando juntas de manera justa, hacen que sea absolutamente seguro que nuestros afectos sobrevivirán al impacto de la muerte y se reafirmarán en el más allá. (1) Una es la ley del hábito. (2) Otro es el del ejercicio. (3) Un tercero es la ley de asociación.

IV. El texto enseña que la inmortalidad humana es bastante independiente de todos los accidentes y entornos. Los afectos humanos existirán para siempre en la línea de su "búsqueda". Sea lo que sea tu corazón, nunca morirá.

V. Nuestro texto fija toda su fuerza mediante una aplicación inmediata de la doctrina a aquellos que son lo suficientemente mansos para recibirla. Si su corazón ha de vivir para siempre, entonces (1) debe prestar mucha atención a sus objetivos en esta vida, porque están moldeando el corazón que es inmortal. (2) Nuestro compañerismo debe elegirse con miras al futuro lejano que se avecina. (3) Debe tenerse cierto cuidado con los procesos de educación mediante los cuales se entrenan nuestros afectos. (4) Si nuestro corazón ha de vivir para siempre, es hora de que el Espíritu de la gracia divina cambie algunos corazones.

CS Robinson, Sermones sobre textos desatendidos, pág. 21.

Referencias: Salmo 22:26 . Spurgeon, Sermons, vol. xxii., núm. 1312; G. Brooks, Outlines of Sermons, pág. 134. Salmo 22:27 . Spurgeon, Sermons, vol. xviii., No. 1047. Salmo 22:29 .

Ibíd., Vol. xxii., No. 1300. Salmo 22 A. Maclaren, Life of David, p. 141; J. Keble, Sermones para la Semana Santa, págs. 373, 380, 387, 394; E. Johnson, Christian World Pulpit, vol. xv., pág. 62; JG Murphy, El libro de Daniel, pág. 42; I. Williams, The Psalms Interpreted of Christ, pág. 389.

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