27. Te lo ruego, padre. Para que la narración esté más de acuerdo con nuestros modos de pensar, describe al hombre rico como deseando que Lázaro advirtiera a sus hermanos, que todavía estaban vivos. Aquí los papistas ejercen su ingenio muy tontamente, al intentar demostrar que los muertos sienten solicitud por los vivos. No se puede concebir nada más ridículo que este sofisma; porque con igual plausibilidad podría probar probar que las almas creyentes no están satisfechas con el lugar que se les ha asignado, y son activadas por un deseo de llevarlas al infierno, si no fuera por un vasto abismo. Si ningún hombre tiene opiniones tan extravagantes, los papistas no tienen derecho a felicitarse por la otra suposición. No es mi intención, sin embargo, debatir el punto, o defender uno u otro lado; pero pensé que era correcto anunciar, de paso, la inutilidad de los argumentos en los que descansan su creencia de que los muertos interceden ante Dios en nuestro nombre. Ahora vuelvo al significado simple y natural de este pasaje.

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