En el primer descubrimiento del robo, la persona perjudicada Jueces 17:2, o el juez de la ciudad (referencia marginal), pronunció una maldición solemne sobre el ladrón y sobre todos los que, conociendo al delincuente, no estaban dispuestos a dar evidencia contra él. El cómplice del ladrón oye esa maldición y, sin embargo, calla y cae bajo ella y "destruye su propia alma".

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