Significado. Cuando el pueblo amargó el espíritu de Moisés, aun el siervo más fiel de Dios habló precipitadamente con sus labios; ni la mayor santidad humana está exenta de la corrupción del pecado.

Contexto. El Salmo 106 es un salmo histórico, atribuido por la tradición al período del exilio o postexilio, que recita la larga cadena de rebeliones de Israel desde Egipto hasta la tierra prometida. Dirigido a la comunidad del pacto, confiesa los pecados de los padres para magnificar la misericordia perseverante de Dios. El versículo 33 recuerda el episodio de las aguas de Meribá (Números 20), donde la murmuración del pueblo provocó la falta de Moisés.

Explicación. El texto dice que «hicieron rebelar su espíritu» (el de Moisés), y «habló precipitadamente con sus labios». El hebreo señala una provocación que amargó el ánimo del mediador hasta hacerle hablar sin pesar sus palabras. La lectura reformada subraya dos verdades: primero, la responsabilidad del pecador, pues el pueblo es culpable de provocar; segundo, la depravación que alcanza incluso a los santos, pues Moisés, varón manso por excelencia, cayó. Aquí brilla la doctrina del pecado: ninguna gracia recibida vuelve al hombre impecable en esta vida. La soberanía de Dios queda intacta, pues Él disciplina a su siervo sin dejar de cumplir su pacto.

Referencias relacionadas. El trasfondo está en Números 20:2-13 y la consecuencia en Deuteronomio 1:37. La mansedumbre de Moisés se afirma en Números 12:3. Santiago 3:2 advierte que «todos ofendemos muchas veces», en especial con la lengua, y Salmos 39:1 enseña a guardar la boca. El verdadero Mediador que nunca habló precipitadamente es Cristo (1 Pedro 2:22-23).

Aplicación práctica. Las provocaciones ajenas no justifican nuestras palabras pecaminosas; somos responsables de lo que sale de nuestros labios. Si Moisés tropezó, cuánto más debemos velar y orar para no caer cuando otros nos amargan el espíritu. La gracia no nos hace inmunes a la tentación, sino que nos llama a vigilancia, arrepentimiento diario y a refugiarnos en Cristo, el único cuya obediencia perfecta cubre nuestras faltas.

Para reflexionar. ¿Permito que la irritación provocada por otros gobierne mi lengua, o llevo cautivo cada pensamiento y palabra a la obediencia de Cristo?

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