Significado. El pecado de Israel alcanzó su forma más espantosa cuando sacrificaron a sus propios hijos a los demonios; el corazón apartado de Dios no se detiene ante nada, ni siquiera ante la sangre inocente.

Contexto. El Salmo 106 es un salmo histórico de confesión nacional, compuesto probablemente para la liturgia del Israel postexílico. El salmista —según la tradición, dentro del salterio davídico y posiblemente recopilado por manos levíticas— hace un recuento penitencial de la apostasía del pueblo desde Egipto hasta la conquista. Los destinatarios son las generaciones del pacto, llamadas a reconocer su rebeldía y la fidelidad inmutable de Yahvé. El versículo 37 pertenece a la sección que describe cómo, ya establecidos en Canaán, no destruyeron a los pueblos paganos sino que adoptaron sus abominaciones.

Explicación. El texto dice: «sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios». El término hebreo «shedim», traducido como «demonios», revela que detrás de la idolatría había una realidad espiritual maligna; la falsa adoración nunca es neutra. Desde la perspectiva reformada, este versículo expone la profundidad de la depravación total: cuando Dios no reina en el corazón, el hombre no asciende a la libertad sino que desciende a la esclavitud más cruel. El sacrificio infantil a Moloc no fue un exceso aislado, sino el fruto coherente de un corazón que ha cambiado la gloria del Dios incorruptible por ídolos. Aquí vemos también la justicia de Dios al entregar al pueblo a sus propios deseos, y a la vez Su soberana paciencia que aún no los destruyó del todo.

Referencias relacionadas. Levítico 18:21 y 20:2-5 prohíben expresamente ofrecer hijos a Moloc; Deuteronomio 32:17 habla de sacrificar «a los demonios, y no a Dios». Jeremías 7:31 y Ezequiel 16:20-21 denuncian este mismo crimen. Pablo recoge la enseñanza en 1 Corintios 10:20, afirmando que lo que los gentiles sacrifican, «a los demonios lo sacrifican». La sangre inocente derramada contrasta con la sangre preciosa de Cristo, único sacrificio aceptable (Hebreos 9:14).

Aplicación práctica. Aunque hoy no levantamos altares a Moloc, el principio permanece: toda idolatría exige sacrificios. El corazón que destrona a Dios termina sacrificando lo más sagrado —los hijos, la familia, la conciencia— en el altar del placer, el éxito o el poder. Examinemos qué ídolos demandan en nuestra vida aquello que solo pertenece al Señor, y huyamos a Cristo, quien por gracia nos rescata de la vana manera de vivir heredada de nuestros padres.

Para reflexionar. ¿Qué cosas preciosas estoy dispuesto a sacrificar por los ídolos de mi corazón, y cómo me llama la gracia soberana de Dios a poner mi vida entera bajo Su señorío?

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