Significado. El llamado a alabar a Jehová no nace del impulso humano, sino del mandato soberano de Dios: somos siervos creados y redimidos precisamente para ensalzar su nombre.

Contexto. El Salmo 113 abre la colección conocida como «Hallel egipcio» (Salmos 113-118), cantada por Israel en las grandes fiestas, especialmente en la Pascua. Su autor es anónimo, aunque la tradición lo sitúa en el culto del templo. Fue compuesto para el pueblo del pacto reunido en asamblea, invitando a la congregación entera —y a los más humildes de ella, los «siervos»— a unirse en adoración. Muy probablemente este himno estuvo en los labios de Cristo y sus discípulos en la última cena (Mateo 26:30).

Explicación. El versículo repite tres veces el imperativo «Alabad» (en hebreo, hallelu), enmarcando la adoración como deber gozoso y no opcional. La triple mención del nombre de Jehová subraya que la alabanza tiene un objeto definido y revelado: el Dios del pacto. Llamar a «los siervos de Jehová» es significativo desde la perspectiva reformada, pues la servidumbre aquí no es esclavitud servil, sino la condición de quienes han sido escogidos y comprados para pertenecer al Señor. La adoración brota de la gracia: primero Dios nos hace suyos, y solo entonces podemos rendirle culto aceptable. Así, la alabanza es respuesta a la elección soberana, no mérito que la provoque.

Referencias relacionadas. El eco de este versículo resuena en Salmos 134:1 y 135:1-2, donde de nuevo se convoca a los siervos del Señor. El apóstol Pablo recoge el mismo tono al citar las Escrituras en Romanos 15:11: «Alabad al Señor todas las naciones». Apocalipsis 19:5 lo lleva a su consumación: «Alabad a nuestro Dios todos sus siervos». La identidad de siervo redimido se ilumina en 1 Pedro 2:9, donde el pueblo escogido existe para anunciar las virtudes de Aquel que lo llamó.

Aplicación práctica. Hoy la alabanza no depende de nuestro estado de ánimo ni de circunstancias favorables, sino de quién es Dios y de lo que ha hecho en Cristo. Recordar que somos «siervos de Jehová» nos libera del culto centrado en nosotros mismos y nos ancla en el Señor. Cada reunión congregacional, cada devocional familiar y cada momento privado de oración deberían responder a este triple imperativo, alabando su nombre con corazones agradecidos por la gracia recibida.

Para reflexionar. ¿Reconozco que mi capacidad de alabar a Dios es, ella misma, un don de su gracia soberana, o intento adorarle confiando en mis propias fuerzas?

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