Significado. Este versículo es la oración de un pueblo que pide a Dios recordar y aceptar las ofrendas de su rey ungido; en clave reformada, anticipa al Cristo cuyo sacrificio sí fue plenamente agradable al Padre.

Contexto. El Salmo 20 es un salmo davídico atribuido a David, dispuesto para el director del coro. Es una intercesión litúrgica de la congregación o del ejército por el rey antes de salir a la batalla. Israel, como pueblo del pacto, no confiaba en sus propias armas, sino en el Señor que había prometido sostener el trono de David. El versículo 3 forma parte de las peticiones iniciales, donde el pueblo ruega que las ofrendas del rey sean tenidas en cuenta delante de Dios.

Explicación. La frase «se acuerde de todas tus ofrendas» emplea un verbo hebreo que evoca el «memorial» del sacrificio, aquella porción que ascendía como aroma grato. La expresión «acepte tu holocausto» implica literalmente que Dios lo «halle gordo», es decir, que lo reciba como pleno y satisfactorio. Desde la teología reformada subrayamos que ninguna ofrenda humana es intrínsecamente aceptable; solo la gracia soberana de Dios la recibe, y solo en virtud del mediador prometido. El holocausto, consumido por entero, prefigura la entrega total de Cristo, único sacrificio verdaderamente acepto. Así, la oración del pueblo descansa no en el mérito del rey, sino en la fidelidad pactual de Dios.

Referencias relacionadas. El lenguaje del memorial aparece en Levítico 2:2 y en Hechos 10:4, donde las ofrendas «suben para memoria delante de Dios». El holocausto aceptado halla su eco en Génesis 8:21 y, sobre todo, en Efesios 5:2, donde Cristo se ofrece «en olor fragante». Hebreos 10:5-10 declara que los sacrificios antiguos no podían quitar el pecado, pero apuntaban a la voluntad cumplida por el Hijo.

Aplicación práctica. El creyente reformado aprende que su adoración, su servicio y aun sus oraciones no son aceptados por su propia dignidad, sino porque están envueltos en la obra perfecta de Cristo. Esto produce humildad y a la vez seguridad: presentamos nuestras vidas como sacrificio vivo, confiando en que el Padre las recibe en el Amado. Antes de cualquier «batalla» de la vida, conviene recordar que la victoria pertenece al Señor que ya aceptó la ofrenda definitiva.

Para reflexionar. ¿En qué estás confiando hoy para ser aceptado delante de Dios: en tus propias ofrendas o en el sacrificio perfecto de Cristo?

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