Significado. El pecado, cuando reina en el corazón, corrompe primero las palabras y luego seca el deseo mismo de obrar el bien. Aquí David retrata la anatomía espiritual del impío que ha apagado el temor de Dios.

Contexto. El Salmo 36 es atribuido a David, «siervo de Jehová», y contrasta de manera deliberada la maldad del hombre que rechaza a Dios (vv. 1-4) con la inmensidad del amor pactual del Señor (vv. 5-9). En los primeros versículos David describe con asombro y dolor la condición del impío, no como un observador frío, sino como quien conoce la profundidad del corazón humano. El versículo 3 forma parte de ese diagnóstico, dirigido al pueblo del pacto para que aprenda a discernir y aborrecer los caminos de la rebelión.

Explicación. El texto declara que «las palabras de su boca son iniquidad y fraude; ha dejado de ser cuerdo y de hacer el bien». La boca revela el manantial del corazón: donde el temor de Dios ha sido depuesto (v. 1), el habla se vuelve instrumento de engaño. El verbo «ha dejado» señala un abandono deliberado de la sabiduría y de la práctica del bien; no es mera flaqueza, sino una apostasía del entendimiento. Desde la perspectiva reformada, esto ilustra la corrupción total: la voluntad caída no puede, por sí misma, retornar al bien, pues el pecado ha tomado el trono que solo pertenece a Dios. Únicamente la gracia soberana, que regenera el corazón, puede restaurar al hombre el deseo y la capacidad de obrar rectamente.

Referencias relacionadas. Pablo cita este salmo en Romanos 3:10-18 para demostrar que «no hay justo, ni aun uno». Compárese con Mateo 12:34, «de la abundancia del corazón habla la boca», y con Salmos 14:1-3. La inversión de la sabiduría recuerda a Proverbios 1:7, donde el temor de Jehová es el principio del conocimiento.

Aplicación práctica. Examinemos nuestras palabras como termómetro del corazón. Cuando el habla se torna engañosa o desprovista de bondad, es señal de que el temor de Dios se ha debilitado. La respuesta no es el mero esfuerzo moral, sino acudir a Cristo, en quien hallamos un corazón nuevo y la gracia que nos capacita para amar la verdad y practicar el bien. La santificación es obra del Espíritu en los redimidos.

Para reflexionar. ¿Reflejan mis palabras un corazón que teme a Dios y se deleita en hacer el bien, o he comenzado a tolerar el engaño y la indiferencia hacia lo recto?

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