Significado. Lo poco que el justo posee bajo el cuidado soberano de Dios vale más que toda la abundancia de los impíos, porque la verdadera riqueza no se mide por lo acumulado sino por estar en paz con el Dios viviente.

Contexto. El Salmo 37 es atribuido a David, y pertenece al género de la literatura sapiencial, construido como un poema acróstico. Compuesto en la madurez del rey («fui joven, y he envejecido», v. 25), responde a una inquietud antigua del pueblo de Dios: ¿por qué prosperan los malvados mientras el piadoso parece quedar atrás? David, escribiendo para una comunidad de creyentes tentados a la envidia y a la impaciencia, enseña a fijar la mirada en la fidelidad del pacto de Jehová más que en las apariencias del momento.

Explicación. El versículo establece un contraste deliberado: «lo poco del justo» frente a «las riquezas de muchos pecadores». El término hebreo para «justo» (tsaddiq) no describe a quien es intrínsecamente bueno, sino a aquel declarado recto por la gracia de Dios y conformado a su voluntad. Desde una lectura reformada, esta justicia no es mérito humano sino don que procede de la elección soberana y se consuma en Cristo, nuestra justicia (1 Corintios 1:30). El «poco» del creyente está santificado por la presencia del Señor; la «abundancia» del impío, aunque mayor en cantidad, carece de bendición pactual y está bajo juicio. Calvino observa que Dios sazona con su favor aun la porción más modesta de los suyos, de modo que la escasez acompañada de piedad supera con creces la opulencia sin Dios.

Referencias relacionadas. Proverbios 15:16 declara: «Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación». Pablo confiesa la suficiencia en Cristo en Filipenses 4:11-13, y 1 Timoteo 6:6 afirma que «gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento». El propio Señor Jesús advierte sobre la insensatez de atesorar sin ser rico para con Dios (Lucas 12:15-21).

Aplicación práctica. En una cultura que mide el valor por lo que se posee, este versículo nos llama a reposar en la providencia de Dios. El creyente no necesita envidiar la prosperidad de quienes viven sin temor de Dios, pues toda esa abundancia es pasajera y vacía sin la comunión con el Señor. Aprende a recibir tu porción —sea grande o pequeña— como administrador agradecido, confiando en que Aquel que sostiene tu alma también ordena tus circunstancias para tu bien y su gloria (Romanos 8:28).

Para reflexionar. ¿Estás midiendo tu vida por la cantidad de lo que posees, o por la riqueza inagotable de pertenecer al Dios que sostiene a sus justos con su mano soberana?

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