Significado. El alma que ha sido abatida por el enemigo y por su propia tristeza halla su descanso final no en circunstancias mejores, sino en Dios mismo como «el Dios de mi alegría y de mi gozo». El gozo del creyente reformado no es un sentimiento autogenerado, sino la respuesta del corazón redimido a la presencia del Dios soberano.

Contexto. El Salmo 43 forma una unidad con el 42; juntos componen un solo lamento atribuido a los hijos de Coré, levitas encargados del canto en el santuario. El salmista, lejos del altar y rodeado de una «gente impía» (v. 1), suspira por volver a la presencia de Dios. Compuesto probablemente en tiempos de exilio o destierro forzoso, expresa la añoranza de un adorador apartado de la casa de Dios, que confía en ser conducido de regreso por la luz y la verdad divinas (v. 3).

Explicación. «Entraré al altar de Dios» señala el clímax del salmo: el destino de la peregrinación del alma es el lugar del sacrificio, donde se reconcilia el pecador con el Dios santo. El término hebreo para «alegría» (simjat) se intensifica con «gozo» (gil), expresando una plenitud desbordante. Es notable que Dios no es solo el objeto del gozo, sino su misma fuente y esencia: «Dios de mi alegría». Desde una lectura reformada, esto afirma que el fin último del hombre, según el Catecismo de Westminster, es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. La mención del «arpa» recuerda que la alabanza es la respuesta debida de la criatura redimida. El altar, además, prefigura a Cristo, sacrificio definitivo por el cual tenemos acceso seguro al Padre.

Referencias relacionadas. El gozo en Dios como fin supremo resuena en el Salmo 16:11 («delicias a tu diestra para siempre») y en Habacuc 3:18 («me alegraré en el Dios de mi salvación»). El altar como acceso a Dios halla cumplimiento en Hebreos 10:19-22, donde entramos al lugar santísimo por la sangre de Cristo. Filipenses 4:4 ordena: «Regocijaos en el Señor siempre», mostrando que este gozo es mandato y privilegio del creyente.

Aplicación práctica. Cuando el alma se siente abatida y lejos de la comunión que anhela, la respuesta no es buscar consuelos pasajeros, sino dirigir el corazón al único en quien reside el gozo verdadero. La adoración congregacional, el sacramento y la Palabra son los medios de gracia por los cuales somos conducidos de nuevo «al altar». Aun en el destierro espiritual, podemos afirmar por fe que Dios sigue siendo nuestra alegría suprema, pues su soberanía garantiza el regreso del peregrino.

Para reflexionar. ¿Buscas tu gozo en las dádivas de Dios o en Dios mismo como el dador de toda alegría?

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