Significado. «Sé exaltado, oh Dios, sobre los cielos; sobre toda la tierra sea tu gloria»: el alma redimida no pide rescate para sí, sino que toda la creación reconozca la majestad de su Dios soberano.

Contexto. El Salmo 57 lleva en su encabezado la nota de que fue compuesto por David «cuando huía de delante de Saúl, en la cueva». Acorralado entre paredes de piedra, perseguido por un rey envidioso, el ungido del Señor no canta a la venganza sino a la fidelidad del pacto. El salmo fue entregado al director del coro para edificación de todo el pueblo de Israel, que aprendería a refugiarse «bajo la sombra de tus alas» en medio de sus propias tormentas.

Explicación. El versículo 11 repite, palabra por palabra, el estribillo del versículo 5, y esa repetición no es casual: encuadra el clamor de auxilio dentro de un único propósito, la gloria de Dios. El verbo «sé exaltado» (en hebreo, rûm) es un imperativo dirigido a Dios, no para concederle algo que le falte, sino para que su soberanía ya existente se manifieste «sobre los cielos» y «sobre toda la tierra». Desde una lectura reformada, aquí late el primer y mayor fin del hombre: glorificar a Dios. David no condiciona la alabanza a su liberación; la gloria divina es anterior y superior a su circunstancia. El que reina soberano sobre los astros reina también sobre la cueva, sobre Saúl y sobre cada hilo de la providencia.

Referencias relacionadas. El estribillo reaparece en el Salmo 108:5, donde David retoma este himno en clave de confianza renovada. La exaltación de Dios «sobre los cielos» anticipa la ascensión y el señorío de Cristo, «muy por encima de todo principado» (Efesios 1:20-22), y el clamor «sea tu gloria» halla eco pleno en Filipenses 2:9-11, cuando toda lengua confesará que Jesús es Señor. Compárese también con Isaías 6:3 y con la oración modelo: «santificado sea tu nombre» (Mateo 6:9).

Aplicación práctica. En la angustia, nuestra primera petición tiende a ser por alivio; David nos enseña a orar primero por la gloria de Dios. Cuando el creyente, aún sin ver salida, declara «sé exaltado», su corazón se ordena bajo la soberanía del Padre y descubre paz que no depende del cambio de las circunstancias. Esta convicción nos libra del idolatrar nuestro propio bienestar y nos une al propósito eterno por el cual fuimos redimidos en Cristo: vivir para alabanza de su gloria.

Para reflexionar. ¿Anhelo de verdad que Dios sea exaltado sobre toda la tierra, aun cuando mi situación todavía no haya cambiado?

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