Significado. El alma que ha probado la sed de Dios ya no se contenta con menos que su gloria; contempla en el santuario lo que el desierto le había hecho anhelar.

Contexto. El Salmo 63 lo compuso David mientras estaba en el desierto de Judá, según el encabezado, probablemente huyendo de Saúl o durante la rebelión de Absalón. Lejos del santuario, privado del culto público y rodeado de aridez física, el rey escribe a otros creyentes un canto que une el desamparo exterior con una sed interior por el Dios vivo. El versículo 2 mira hacia atrás, al tiempo en que sí podía estar en la casa de Dios.

Explicación. «Para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario». El verbo «mirar» (en hebreo, contemplar con atención) no describe una experiencia mística autónoma, sino la fe que se posa sobre los medios que Dios mismo instituyó: el tabernáculo, los sacrificios, las señales del pacto. David no inventa el acceso a Dios; lo recibe. Desde una lectura reformada, esto subraya que la gracia precede a la búsqueda: el alma busca (v. 1) porque antes ha sido buscada y ha contemplado. «Poder y gloria» señalan los atributos por los cuales Dios se revela a su pueblo, y que en plenitud resplandecen en Cristo, en quien vemos la gloria del Padre.

Referencias relacionadas. El anhelo por los atrios resuena en el Salmo 84:2 y en el Salmo 42:1-2. La contemplación de la gloria en el santuario halla su cumplimiento en Juan 1:14, donde el Verbo «habitó» (literalmente, puso su tabernáculo) entre nosotros, y en 2 Corintios 3:18, donde los creyentes contemplan la gloria del Señor y son transformados. Hebreos 9 muestra cómo el santuario terrenal apuntaba al celestial.

Aplicación práctica. El cristiano de hoy también atraviesa «desiertos» donde la cercanía de Dios se siente lejana. La respuesta de David no es esperar emociones, sino recordar y buscar a Dios en los medios que él ofrece: la Palabra, los sacramentos y la comunión de los santos. La sequedad espiritual no se vence huyendo del culto, sino acudiendo a él, confiando en que el Dios soberano que nos buscó primero sostiene la fe que él mismo encendió.

Para reflexionar. ¿Busco a Dios donde él ha prometido encontrarse conmigo, o espero contemplarlo según mis propios términos?

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