Significado. Ante la inmensidad del poder de Dios, hasta sus enemigos se ven forzados a rendirle un homenaje fingido; lo que el creyente ofrece con gozo, el rebelde lo concede por temor. La gloria de Dios no admite indiferencia.

Contexto. El Salmo 66 es un cántico comunitario de acción de gracias, atribuido tradicionalmente a la colección davídica del salterio y usado en la adoración de Israel. Convoca a «toda la tierra» a alabar a Dios por sus obras portentosas, evocando de modo especial el éxodo y el paso por el mar. Sus destinatarios originales eran el pueblo del pacto reunido para el culto, pero el salmo abre deliberadamente su horizonte a las naciones, anticipando la adoración universal del Dios verdadero.

Explicación. El versículo manda decir a Dios: «¡Cuán terribles son tus obras!». El término hebreo traducido como «terribles» (nora) no implica crueldad, sino lo temible y sobrecogedor de la majestad divina; es el temor reverente ante la santidad. La frase «por la grandeza de tu poder se someterán a ti tus enemigos» introduce un matiz que la teología reformada subraya: la palabra suele entenderse como una sumisión fingida o forzada. Es decir, la soberanía absoluta de Dios doblega incluso a los reprobos, que se rinden sin convertir el corazón. Aquí se distingue la sujeción externa que Dios impone a todos de la sumisión gozosa que solo la gracia regeneradora produce. El poder que somete enemigos es el mismo que, en los escogidos, quebranta la rebeldía y la transforma en adoración sincera.

Referencias relacionadas. El motivo de la sumisión forzada de los enemigos resuena en Filipenses 2:10-11, donde toda rodilla se doblará ante Cristo. El Salmo 18:44 habla de extraños que «fingieron obediencia». Romanos 9:17 muestra cómo Dios manifiesta su poder aun en los endurecidos, y el Salmo 2 retrata a las naciones rebeldes sometidas al Ungido. Éxodo 14-15 ofrece el trasfondo histórico de las «obras terribles».

Aplicación práctica. Este versículo invita a examinar la calidad de nuestra obediencia: ¿servimos a Dios por temor servil, como quien cede ante una fuerza superior, o por amor filial nacido de la gracia? La sumisión meramente externa no salva; muchos confiesan con los labios lo que el corazón resiste. Pidamos que el mismo poder que doblega a los enemigos obre en nosotros un sometimiento sincero y gozoso, descansando en la soberanía de Dios como fuente de seguridad y no de mero temor.

Para reflexionar. ¿Mi obediencia a Dios brota de un corazón renovado por la gracia, o todavía se parece a la sujeción fingida de quien cede solo ante su poder?

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