Significado. El creyente afligido eleva un grito desesperado a Dios, confesando que las aguas de la prueba amenazan con ahogar su alma, y que solo el Señor soberano puede librarlo.

Contexto. El Salmo 69 se atribuye a David, según el encabezamiento hebreo, y pertenece a los salmos de lamento individual. Surge en medio de una persecución intensa, cuando enemigos sin causa rodean al salmista. La iglesia lo ha leído siempre como uno de los grandes salmos mesiánicos, pues el Nuevo Testamento lo aplica repetidamente a Cristo. Sus destinatarios originales fueron los adoradores de Israel que, al cantarlo, aprendían a clamar a Dios en la angustia.

Explicación. El clamor «¡Sálvame, oh Dios!» abre el salmo con la palabra hebrea «yashá», que denota liberación plena, la misma raíz que resuena en el nombre de Jesús. Las «aguas» que llegan «hasta el alma» son imagen del caos y de la muerte que amenazan con tragar al fiel; en la teología pactual representan los juicios que el hombre merece y de los cuales solo Dios libra. Desde la perspectiva reformada, esta súplica no es mera emoción, sino confesión de absoluta dependencia: el creyente no puede salvarse a sí mismo, y por gracia soberana acude al único Salvador. El salmo apunta a Cristo, quien verdaderamente fue cubierto por las aguas del juicio divino en la cruz a favor de los suyos.

Referencias relacionadas. Compárese con el Salmo 42:7, donde olas y ondas pasan sobre el alma, y con Jonás 2:3-5, que retoma esta imagen. El Nuevo Testamento cita este salmo en Juan 2:17, Romanos 15:3 y Juan 15:25, aplicándolo a Jesús. Véase también Mateo 27:34 y el grito de auxilio del Salmo 130:1.

Aplicación práctica. Cuando las pruebas suben «hasta el alma» y sentimos que nos hundimos, este versículo nos enseña a no callar ni a confiar en nuestras fuerzas, sino a clamar con franqueza al Dios soberano que reina sobre toda tormenta. La oración del afligido honra a Dios, porque reconoce que la salvación es suya. En Cristo, que pasó por aguas más profundas que las nuestras, hallamos un Salvador que comprende nuestra angustia y nos sostiene con mano firme.

Para reflexionar. ¿Acudo primero a Dios con mi clamor cuando las aguas me cubren, o intento sostenerme con mis propias fuerzas antes de buscar al único que puede salvar?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad