Significado. Ante el Rey mesiánico toda potencia hostil cae rendida: «los moradores del desierto se inclinarán» porque el reino de Cristo no admite rivales que prevalezcan. Es la promesa de un dominio universal e invencible que Dios mismo establece.

Contexto. El Salmo 72 lleva el encabezado «Para Salomón» y se ubica en el segundo libro del Salterio, cerrando con la doxología del versículo 20 que lo atribuye a las oraciones de David. Es un salmo real, una intercesión por el rey ungido y por la prosperidad justa de su reinado. Sus destinatarios originales eran Israel y su monarquía teocrática, pero su lenguaje desborda toda figura humana y apunta proféticamente al Hijo de David, el verdadero Rey de reyes.

Explicación. El término «moradores del desierto» (en hebreo, los habitantes de las regiones áridas y marginales) representa a los pueblos más remotos y salvajes, los que parecían fuera de todo alcance. Que estos «se inclinen» y que «sus enemigos laman el polvo» es lenguaje de sometimiento total, eco de Génesis 3:15 donde la serpiente comería polvo. Desde la perspectiva reformada, el versículo no celebra la violencia, sino la soberanía absoluta de Dios que sujeta toda resistencia bajo los pies de su Ungido. El reino mesiánico avanza por decreto divino, no por mérito humano; su éxito está garantizado por el propósito eterno del Padre.

Referencias relacionadas. El sometimiento de los enemigos resuena con el Salmo 110:1, «hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies», citado por Cristo y los apóstoles. El alcance universal se cumple en Filipenses 2:10, donde toda rodilla se doblará ante Jesús. Compárese también con Isaías 49:23 y con Apocalipsis 11:15, que proclama que los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo.

Aplicación práctica. El creyente halla aquí firme consuelo: ningún poder hostil, por remoto o feroz que parezca, escapa al señorío de Cristo. Frente a la oposición cultural o personal, no confiamos en estrategias humanas sino en el Rey cuyo trono es eterno. Esta certeza nos llama a la misión con esperanza y a la oración confiada, sabiendo que el evangelio alcanzará incluso a «los moradores del desierto», pues el Padre ha prometido las naciones por herencia al Hijo.

Para reflexionar. ¿Vivo y oro como quien cree de veras que Cristo reina ya sobre todo enemigo, o todavía deposito mi seguridad en poderes que un día lamerán el polvo ante Él?

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