Significado. La aparente prosperidad del impío no es un trono firme, sino un suelo resbaladizo donde la mano soberana de Dios lo ha colocado para su justa ruina. Lo que parece elevación es en realidad el preludio de la caída.

Contexto. El Salmo 73 abre el tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, uno de los directores del culto levítico en tiempos de David. El salmista confiesa una crisis de fe: al ver el bienestar de los malvados, sus pies casi resbalaron (v. 2). Escrito para el pueblo del pacto que adoraba en el santuario, el salmo conduce al lector desde la envidia y la confusión hasta la luz que Asaf recibe al entrar en el santuario de Dios (v. 17), desde donde comprende el fin verdadero de los impíos.

Explicación. El versículo comienza con un enfático «ciertamente», marcando el giro de la perspectiva. El verbo «pusiste» (en hebreo, shith) atribuye directamente a Dios la colocación del impío en «resbaladeros»: no es el azar ni la suerte, sino el decreto soberano del Señor quien gobierna incluso la prosperidad de los reprobados. Aquí late la doctrina reformada de la providencia universal: Dios no es espectador, sino quien ordena todas las cosas, incluso para fines de juicio. «Los derribas en asolamientos» revela que esa exaltación es engañosa, sostenida solo para que la caída sea más estrepitosa. La soberanía divina abarca tanto la gracia para los suyos como la justa retribución para quienes endurecen su corazón.

Referencias relacionadas. El destino resbaladizo del impío resuena en Deuteronomio 32:35, «mío es el día de la venganza; sus pies resbalarán». El Salmo 37 desarrolla el mismo contraste entre la breve prosperidad del malvado y la herencia segura del justo. Pablo recoge esta enseñanza en Romanos 9:22, sobre los vasos de ira preparados para destrucción, y en Romanos 2:4-5, donde la paciencia de Dios, despreciada, atesora ira. Cristo mismo advirtió en Lucas 12:20 al rico insensato: «esta noche vienen a pedirte tu alma».

Aplicación práctica. No envidies al que prospera en su maldad ni midas el favor de Dios por las cuentas bancarias o el éxito visible. Lo que el creyente ve como ventaja del impío es, ante los ojos de la fe iluminada en el santuario, un terreno que se desmorona. Entra tú al santuario, es decir, vuelve a la presencia de Dios en su Palabra y en la adoración, y allí recobrarás la perspectiva eterna. Descansa en que tu porción no es lo pasajero, sino el Dios que te sostiene de la mano derecha (v. 23).

Para reflexionar. ¿Estás juzgando la bondad de Dios por lo que ves en el presente, o has entrado al santuario para contemplar el fin verdadero de todas las cosas?

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