Significado. Solo cuando el creyente entra en el santuario de Dios obtiene la perspectiva eterna que reordena toda su confusión ante la aparente prosperidad de los impíos.

Contexto. El Salmo 73 abre el tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, uno de los músicos levitas que David puso al frente del culto del templo. Asaf escribe como un hombre piadoso que casi tropieza en su fe (v. 2) al contemplar a los malvados gozar de salud, riqueza y descanso mientras él, que servía a Dios con corazón limpio, padecía aflicción cada mañana. El salmo es la confesión sincera de esa crisis y de cómo Dios la resolvió. Sus destinatarios eran los adoradores del pueblo del pacto, tentados, como Asaf, a envidiar a los inicuos y a dudar de la justicia divina.

Explicación. El versículo marca el punto de giro: «hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos». La conjunción «hasta que» señala que toda la angustia previa duró mientras Asaf razonó solo con su entendimiento natural. El «santuario» (en hebreo, los lugares santos de Dios) no es meramente un edificio, sino el lugar de la presencia y de la revelación pactual, donde Dios se da a conocer. Allí Asaf «comprendió»: la palabra denota un discernimiento concedido, no alcanzado por la razón autónoma. Para la teología reformada, esto ilustra que la verdadera sabiduría es don de la gracia y obra del Espíritu, que abre los ojos del corazón. La prosperidad de los impíos, vista a la luz de la soberanía y el juicio de Dios, resulta ser un terreno resbaladizo (v. 18). El «fin» de ellos pertenece al decreto eterno del Soberano, que ordena todas las cosas para su gloria.

Referencias relacionadas. El mismo dilema y su resolución escatológica aparecen en el Salmo 37:35-38 y en Job 21. La perspectiva del santuario anticipa la enseñanza de Hebreos 10:19-22, donde por la sangre de Cristo entramos con confianza al verdadero Lugar Santísimo. Pablo recoge la realidad del juicio venidero en Romanos 2:5-8, y el Señor Jesús expone el mismo contraste en Lucas 16:19-31.

Aplicación práctica. El creyente de hoy, asediado por la aparente impunidad y abundancia de quienes desprecian a Dios, halla aquí la cura: no en mejores argumentos, sino en acercarse a la presencia de Dios mediante su Palabra, la oración y la comunión de los santos. En Cristo, nuestro santuario abierto, recuperamos la mirada eterna que disipa la envidia y restaura la confianza en la justicia perfecta de Dios. La fe no niega lo que ven los ojos; lo interpreta a la luz del fin que Dios ha decretado.

Para reflexionar. ¿Buscas la perspectiva del santuario cuando la prosperidad de los impíos amenaza con robar tu paz, o intentas resolver tu confusión apoyado solo en tu propio entendimiento?

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