Significado. El Dios del pacto que aplastó las cabezas del Leviatán es el mismo que reina hoy sobre todo poder hostil; su victoria pasada es la garantía soberana de la liberación de su pueblo.

Contexto. El Salmo 74 es un salmo comunitario de lamento atribuido a Asaf (o a los asafitas), escrito ante la profanación y destrucción del santuario, muy probablemente la caída de Jerusalén en manos de Babilonia (586 a.C.). El pueblo clama por qué Dios parece haber rechazado para siempre el rebaño de su heredad. En medio del lamento, los versículos 12 al 17 elevan la mirada para recordar las obras antiguas del Rey, fundamento de toda esperanza.

Explicación. «Magullaste las cabezas del Leviatán, y lo diste por comida a los moradores del desierto.» El Leviatán representa el caos hostil que se opone al orden creador y redentor de Dios; sus «cabezas» múltiples evocan un poder formidable. El verbo magullar o aplastar (en hebreo, quebrantar) declara una derrota total y definitiva. Aquí el salmista funde la creación con el éxodo: el Faraón y Egipto, ese monstruo marino, fueron despedazados y entregados como alimento. Para la teología reformada, esto no es mito sino confesión de la soberanía absoluta de Dios sobre toda potestad: nada escapa a su decreto. El que dividió el mar no fue rebasado por el poder enemigo; lo sometió por completo.

Referencias relacionadas. Éxodo 14:21-28 narra el aplastamiento de Egipto en el mar; Isaías 51:9 vuelve a invocar el brazo que cortó a Rahab y al dragón; Job 41 describe al Leviatán como criatura que solo el Creador domina; y Apocalipsis 12:9 revela al dragón antiguo definitivamente vencido por Cristo, la simiente que aplasta la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15).

Aplicación práctica. Cuando la Iglesia contempla santuarios profanados y fuerzas que parecen triunfar, este versículo nos enseña a anclar la fe no en las apariencias del presente, sino en las obras consumadas de Dios. El Calvario es nuestro mar dividido: allí Cristo aplastó la cabeza del enemigo. Recordar la victoria soberana del Señor sostiene al creyente afligido y lo mueve a la oración confiada en medio de la prueba.

Para reflexionar. ¿Estoy interpretando mis aflicciones presentes a la luz de las victorias definitivas que Dios ya ha obrado en Cristo, o me dejo gobernar por el aparente poder del enemigo?

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