Significado. No callaremos a nuestros hijos las obras de Dios, porque cada generación es deudora de proclamar a la siguiente las maravillas del Señor soberano que ha guardado a su pueblo.

Contexto. El Salmo 78 es un «masquil» atribuido a Asaf, levita y director del culto en tiempos de David. Pertenece a los salmos históricos: un extenso poema didáctico que repasa la travesía de Israel desde el Éxodo hasta la elección de David y de Sión. Sus destinatarios son las generaciones del pueblo del pacto, llamadas a aprender de la rebeldía de sus padres para no repetir su incredulidad. El versículo 4 forma parte del prólogo (vv. 1-8), donde Asaf declara el propósito pastoral de todo el cántico.

Explicación. Asaf afirma «no las encubriremos a sus hijos», estableciendo la transmisión intergeneracional de la fe como deber del pacto. El objeto de esa enseñanza son «las alabanzas del Señor, y su potencia, y las maravillas que hizo»: no meras lecciones morales, sino las obras redentoras de un Dios que actúa con poder soberano. En clave reformada, esto revela que la fe no nace de la sabiduría humana, sino del relato fiel de lo que Dios ha hecho; la salvación es enteramente obra suya. El verbo «contando» implica una catequesis deliberada: los medios ordinarios de gracia, sostenidos por el Espíritu, son el cauce por el cual Dios llama eficazmente a los suyos en cada generación.

Referencias relacionadas. El mandato resuena en Deuteronomio 6:6-7 y Éxodo 12:26-27, donde los padres explican los actos salvíficos de Dios. El Salmo 145:4 declara que «generación a generación celebrará tus obras». Pablo recoge el mismo principio en 2 Timoteo 1:5 y 3:15, y Efesios 6:4 ordena criar a los hijos «en disciplina y amonestación del Señor». Todo apunta finalmente a Cristo, la mayor maravilla que el Padre ha obrado (Hechos 2:11; 1 Pedro 2:9).

Aplicación práctica. Las familias y las iglesias somos custodios de un tesoro que no podemos guardar para nosotros. Padres, no deleguen la fe de sus hijos al azar ni solo a la escuela dominical: relaten en casa lo que Dios ha hecho, desde la cruz hasta su propia conversión. La iglesia que descuida la catequesis condena a sus hijos al olvido espiritual. Confiados en la soberanía de Dios para salvar, seamos fieles en sembrar la Palabra, sabiendo que el fruto pertenece a Él.

Para reflexionar. ¿Estás contando activamente a la próxima generación las maravillas que Dios ha hecho, o estás dejando que el silencio las encubra?

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