Significado. El alma redimida no se conforma con la cercanía religiosa: anhela con vehemencia los atrios del Dios vivo, porque solo en su presencia halla su descanso y su gozo.

Contexto. El Salmo 84 se atribuye a los hijos de Coré, levitas encargados del servicio del templo. Es un cántico de peregrinación, probablemente entonado por quienes subían a Jerusalén para presentarse ante el Señor. El salmista, quizás privado por un tiempo del acceso al santuario, expresa la añoranza de toda la congregación del pacto por adorar en la casa de Dios. Los destinatarios son los fieles de Israel, el pueblo escogido y reunido en torno al culto que prefiguraba la comunión plena que vendría en Cristo.

Explicación. El verbo traducido «anhela» describe un deseo que llega hasta el desfallecimiento; el alma se consume y «desfallece» de tanto querer. No es un sentimentalismo pasajero, sino la inclinación más honda del corazón regenerado, que por gracia soberana ha sido reorientado hacia su Hacedor. La expresión «mi corazón y mi carne cantan» abarca al hombre entero: el deseo de Dios no es meramente espiritual, sino integral. Se le llama «Dios vivo», en contraste con los ídolos mudos; es el Dios del pacto que se da a conocer y se comunica. Desde la perspectiva reformada, este anhelo no nace del mérito humano, sino de la obra del Espíritu, que despierta en los elegidos sed por la fuente de aguas vivas.

Referencias relacionadas. El mismo lenguaje resuena en el Salmo 42:1-2, donde el alma jadea por Dios como el ciervo por las corrientes. En el Salmo 27:4 se expresa idéntico deseo de morar en la casa del Señor. Jesús se presenta como el verdadero templo (Juan 2:19-21) y como el agua viva que sacia toda sed (Juan 4:14; 7:37). La Carta a los Hebreos muestra que ahora nos acercamos confiadamente al trono de la gracia (Hebreos 4:16; 10:19-22).

Aplicación práctica. Conviene examinar hacia dónde corre el deseo más profundo del corazón. La adoración no debe vivirse como obligación fría, sino como el lugar donde el alma sedienta es satisfecha por el Dios vivo. En medio de las ocupaciones y distracciones, este versículo nos llama a cultivar el anhelo de la presencia divina mediante la Palabra, la oración y la comunión con la iglesia. Donde falta este anhelo, debemos pedir al Espíritu que lo reavive, pues solo él puede inclinar nuestra carne y nuestro corazón hacia Aquel que es nuestra herencia eterna.

Para reflexionar. ¿Anhela tu alma la presencia del Dios vivo con la misma intensidad con que persigues las cosas que el mundo te ofrece?

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