Significado. El creyente, sostenido por la soberana fidelidad de Dios, puede clamar desde el abismo más profundo de la desesperación sin dejar de dirigir su lamento al único que tiene poder sobre la vida y la muerte.

Contexto. El Salmo 88 es el más sombrío del Salterio. Lleva el título de los hijos de Coré y se atribuye a Hemán ezraíta, sabio de la corte davídica. Es un lamento individual sin resolución gozosa: un piadoso atravesado por una enfermedad prolongada o una aflicción mortal que lo acerca al sepulcro. Dirigido a la congregación de Israel y conservado en su libro de cánticos, enseña al pueblo del pacto que la fe verdadera tiene lugar incluso en la noche más oscura.

Explicación. «Me has puesto en el hoyo más profundo, en tinieblas, en lugares profundos». El verbo es enfático: el salmista no atribuye su condición al azar ni a sus enemigos, sino a la mano de Dios mismo. Aquí brilla un rasgo profundamente reformado: la convicción de que ninguna circunstancia, ni aun la más amarga, escapa al decreto soberano del Señor. El «hoyo» o «fosa» evoca el Seol, la región de los muertos; las «tinieblas» y los «lugares profundos» pintan un descenso total. Sin embargo, que el sufriente siga hablando con Dios revela que la fe no se ha extinguido: reconoce al Soberano aun cuando no comprende sus designios.

Referencias relacionadas. El descenso a las tinieblas anticipa al verdadero Hemán, Cristo, quien fue hecho pecado y descendió a la muerte por los suyos (2 Corintios 5:21; Mateo 27:46). Job confiesa idéntica soberanía en la prueba (Job 13:15); Jonás clama desde el seno del Seol (Jonás 2:2-6); y Pablo declara que ni la muerte ni lo profundo nos separan del amor de Dios en Cristo (Romanos 8:38-39).

Aplicación práctica. Hay aflicciones que no se resuelven con respuestas rápidas ni con sonrisas forzadas. Este salmo nos autoriza a llevar nuestro dolor crudo a Dios, sin maquillarlo. Si te hallas en el hoyo más profundo, recuerda que reconocer la mano soberana de Dios en tu prueba no es resignación fatalista, sino el primer paso de una fe que se aferra a quien venció el sepulcro. Sigue orando, aunque solo puedas gemir.

Para reflexionar. ¿Puedo, como Hemán, seguir dirigiendo mi clamor a Dios precisamente cuando siento que él me ha puesto en las tinieblas?

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