Significado. El salmista confiesa que su angustia más honda procede de la propia mano de Dios: «Sobre mí reposa tu ira». La fe verdadera no niega que el Señor soberano gobierna incluso nuestras horas más oscuras.

Contexto. El Salmo 88 es atribuido a Hemán ezraíta, uno de los cantores levitas del tiempo de David, y se halla entre los salmos de los hijos de Coré. Es el lamento más sombrío del Salterio: no termina, como otros, en alabanza, sino en tinieblas. Su destinatario original era el pueblo del pacto que adoraba en el santuario, y por extensión todo creyente que atraviesa una aflicción prolongada sin alivio aparente.

Explicación. El verbo traducido «reposa» o «se ha asentado» indica un peso que se apoya y permanece, no una visita pasajera. Las «olas» evocan el mar del juicio que rompe sin tregua. Lo notable, desde una lectura reformada, es que Hemán no atribuye su dolor al azar ni a poderes ajenos, sino a la voluntad soberana de Dios: «tu ira», «tus olas». Aquí la doctrina de la providencia no se vuelve fría, sino que sostiene la oración: precisamente porque Dios reina sobre la aflicción, el afligido puede dirigirse a Él. La ira mencionada no contradice la gracia electora; el creyente experimenta la disciplina paternal y los efectos del pecado en un mundo caído, mas no la condenación, pues esa copa la bebió Cristo.

Referencias relacionadas. Compárese con Jonás 2:3, donde las olas de Dios también abruman al siervo; con Job 6:4, que habla de las saetas del Todopoderoso; y con el Salmo 42:7, «todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí». La consumación se ve en Getsemaní y en el Gólgota (Mateo 27:46), cuando el Hijo amado clamó desde el abandono para que nosotros nunca seamos abandonados (Hebreos 13:5).

Aplicación práctica. Hay temporadas en que el creyente fiel no recibe respuestas ni consuelos sensibles, y la tentación es concluir que Dios se ha desentendido. Este versículo nos enseña a llevar la queja misma ante el trono, hablando con Dios acerca de Dios. La soberanía divina no es un muro contra el cual estrellarse, sino la roca sobre la cual seguir orando aun en la oscuridad, confiando en que el mismo Señor que pesa sobre nosotros es quien nos sostiene en sus manos.

Para reflexionar. Cuando la aflicción parece venir de la mano de Dios, ¿huyes de Él o, como Hemán, te aferras a Él en oración esperando su misericordia?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad