Significado. Cuando los amigos se alejan y la oscuridad lo encierra, el creyente descubre que solo Dios permanece como destino de su clamor; aun el aislamiento más amargo es gobernado por la mano soberana del Padre.

Contexto. El Salmo 88 es un cántico de los hijos de Coré, atribuido a Hemán ezraíta, y figura entre los lamentos más sombríos del Salterio. A diferencia de otros salmos de queja, este no concluye en alabanza explícita, sino en tinieblas. Su autor, abrumado por la enfermedad y la cercanía de la muerte, escribe para una comunidad de adoradores que también conocen el sufrimiento prolongado, mostrándoles que la fe puede orar incluso desde el abismo.

Explicación. El versículo dice: «Has alejado de mí a mis conocidos; me has puesto por abominación a ellos; encerrado estoy, y no puedo salir». Nótese que el salmista no atribuye su soledad al azar ni a los hombres únicamente, sino a Dios: «has alejado», «me has puesto». Aquí brilla la convicción reformada de la soberanía divina, que abarca aun las providencias dolorosas (Westminster, Conf. V). El término traducido como «abominación» evoca algo de lo que otros se apartan con repulsión, mientras que «encerrado» describe un confinamiento sin salida. El creyente reformado no niega el dolor ni acusa a Dios de injusticia; reconoce que la copa amarga viene de una mano sabia, santa y buena, aunque por ahora inescrutable.

Referencias relacionadas. El abandono de los allegados anticipa al Varón de dolores: «Mis amigos y mis compañeros se mantuvieron lejos de mi llaga» (Salmo 38:11), y halla su plenitud en Cristo, abandonado por los suyos (Mateo 26:56) y clamando en tinieblas (Mateo 27:46). Job conoció igual desamparo (Job 19:13-14), y Pablo lo padeció (2 Timoteo 4:16), confiando en Aquel que «nunca te dejará» (Hebreos 13:5).

Aplicación práctica. Hay temporadas en que la oración parece chocar contra un cielo de bronce y los amigos se desvanecen. Este salmo nos enseña que la fe genuina no exige resolución inmediata para seguir orando. El soberano que ordena la noche también la sostiene, y en Cristo, quien bebió hasta el fondo el cáliz del abandono, tenemos un compañero que jamás nos desampara. Sigue clamando, aunque solo veas tinieblas.

Para reflexionar. ¿Confías en que tu soledad y tu encierro presentes están igualmente bajo la mano soberana y paternal de Dios, como lo estuvo la cruz de tu Salvador?

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