Significado. En la noche más oscura del alma, el creyente sigue clamando a Dios; la fe no siempre canta, a veces solo extiende las manos hacia el cielo que parece callado.

Contexto. El Salmo 88 se atribuye a Hemán ezraíta, uno de los cantores levitas del tiempo de David, dentro de la colección de los hijos de Coré. Es el más sombrío del Salterio: a diferencia de otros lamentos, no termina en alabanza ni alivio. El salmista, posiblemente afligido por una enfermedad prolongada y mortal, escribe a Israel en su adoración pública un cántico que da voz a los que sufren sin respuesta aparente, mostrando que tal experiencia cabe dentro de la piedad del pueblo del pacto.

Explicación. «Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción» describe a un hombre consumido por el llanto y el dolor crónico. Sus amigos han sido apartados de él, sea por el horror de su condición o por juicio divino, y se siente encerrado, sin salida. Sin embargo, el versículo concluye con un giro decisivo: «a ti, oh Jehová, he llamado cada día; he extendido a ti mis manos». Aquí la teología reformada halla un tesoro: aun bajo la mano soberana de Dios que ha permitido la aflicción, el creyente regenerado no abandona el trono de la gracia. El verbo «llamar» en perfecto continuo señala una oración persistente, diaria, que brota no de fuerzas propias sino de la fe sostenida por el Espíritu. Las manos extendidas son gesto de súplica y de dependencia total, confesión de que la salvación está fuera de uno mismo, solo en Jehová.

Referencias relacionadas. Job 13:15 expresa idéntica perseverancia en la tiniebla; el Salmo 22:1-2 prefigura el clamor del Mesías abandonado. Lamentaciones 3:8 retrata la oración que parece estrellarse contra el cielo, y Romanos 8:26 nos asegura que el Espíritu intercede cuando solo gemimos. Hebreos 5:7 muestra a Cristo ofreciendo ruegos con gran clamor.

Aplicación práctica. Hay temporadas en que la consolación se ausenta y la providencia parece adversa. Este salmo legitima el lamento del santo y nos enseña que la marca de la fe no es la ausencia de oscuridad, sino la dirección de la oración: extender las manos hacia Dios precisamente cuando guarda silencio. No medimos su amor por nuestros sentimientos, sino por el Cristo que también clamó y fue oído.

Para reflexionar. Cuando Dios parece callar y los consuelos se retiran, ¿sigo extendiendo mis manos hacia él cada día, o dejo de orar porque no veo respuesta?

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