La Epístola está terminada, y el Apóstol pronuncia ahora sus últimas palabras. “Estas cosas os escribí para que sepáis que tenéis vida eterna, aun para vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios. Y esta es la confianza que tenemos para con Él, que si pedimos algo conforme a Su voluntad, Él nos escucha. Y si sabemos que Él nos escucha en cualquier cosa que le pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho.

Si alguno viere a su hermano cometer un pecado que no sea de muerte, pedirá, y le dará vida, aun a los que pecan que no sea de muerte. Hay un pecado de muerte; no de eso digo que debe preguntar. Toda clase de injusticia es pecado, y hay un pecado que no es de muerte. Sabemos que todo aquel que ha sido engendrado por Dios no sigue pecando, sino que el Engendrado de Dios lo observa, y el Maligno no le echa mano.

Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero está en manos del Maligno. Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para que lleguemos a conocer al Verdadero; y estamos en el Verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el Dios Verdadero y la Vida Eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos”.

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