Cuando Festo llegó a la provincia, después de tres días ascendió de Cesarea a Jerusalén. (2) Entonces el sumo sacerdote y el jefe de los judíos le informaron contra Pablo, y le suplicaron, (3) y le pidieron favor que enviara por él a Jerusalén, acechando el camino para matarlo. (4) Pero Festo respondió que Pablo sería retenido en Cesarea, y que él mismo partiría en breve allí. (5) Por tanto, dijo él, los que de vosotros podéis bajar conmigo y acusar a este, si hay en él alguna maldad.

Ruego al lector en la apertura de este capítulo que observe que, a pesar del terrible estado en el que habían caído las personas perjuras, al haber jurado no comer ni beber hasta haber matado a Pablo (véase Hechos 23:12 etc.) el sumo sacerdote y el cuerpo principal de los judíos estaban sedientos de su sangre. Ningún tiempo podría acabar con esta enemistad.

Ninguna alteración puede tener lugar jamás en este odio tan arraigado contra Cristo y su pueblo. ¡Lector! depende de ello, lo mismo existe en la hora actual. Con un celo como el de Pablo por la gloria de Cristo, puro con una mezcla de justicia farisaica, los predicadores de tal doctrina deben ser siempre objeto de odio y desagrado generalizados. ¡Ningún enemigo de Cristo igualaba al fariseo moralista, mientras el Hijo de Dios estaba sobre la tierra! Y ningún enemigo ahora es más grande contra las verdades puras del Evangelio que personajes de la misma descripción.

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