Salmo 58:5
Significado. El versículo describe al impío como una serpiente sorda que se niega a oír la voz de quien podría sanarla; es el retrato de un corazón que, por naturaleza, resiste con obstinación la palabra de Dios.
Contexto. El Salmo 58 es un salmo de David, clasificado entre los salmos imprecatorios, dirigido «al músico principal» bajo la indicación «no destruyas». David confronta a jueces y poderosos corruptos que pervierten la justicia. Escrito en medio de la opresión, el salmo lleva al pueblo de Dios a apelar al Juez supremo cuando los tribunales humanos traicionan su llamado. El versículo 5 forma parte de la comparación que David desarrolla entre el malvado y la serpiente venenosa.
Explicación. El texto evoca al encantador de serpientes: la serpiente «que no oye la voz de los que encantan, por más hábil que sea el encantador». Pero la víbora del v. 4 «cierra su oído», es como la áspid sorda. La imagen es deliberada; el impío no es meramente incapaz, sino voluntariamente refractario. Desde la perspectiva reformada, aquí se manifiesta la depravación total: la voluntad caída no está neutral ante Dios, sino activamente endurecida (Romanos 8:7). El malvado «tapa» su oído; el verbo subraya responsabilidad moral, no fatalismo. Solo la gracia soberana, que abre oídos sordos, puede quebrar esta resistencia. Donde el hombre cierra, Dios, en su elección, destapa y da vida.
Referencias relacionadas. Conecta con Jeremías 6:10, donde el oído incircunciso no puede atender; con Hechos 7:51, «duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos»; y con Juan 8:43-47, donde Cristo declara que no oyen porque no son de Dios. Frente a la sordera del impío, Ezequiel 36:26-27 promete un corazón nuevo, y Juan 10:27 anuncia que las ovejas de Cristo sí oyen su voz.
Aplicación práctica. Este versículo nos advierte contra el endurecimiento progresivo del corazón ante la verdad. Cada vez que silenciamos la convicción del Espíritu o resistimos la predicación fiel, imitamos a la áspid sorda. La exhortación pastoral es clara, «hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón» (Hebreos 3:15). Y para el creyente que ora por familiares incrédulos, el texto recuerda que ninguna elocuencia humana basta; solo Dios abre el oído. Por eso oramos con esperanza, confiando en el poder soberano de su gracia.
Para reflexionar. ¿En qué áreas de mi vida estoy «tapando el oído» a la voz de Dios, y le pido que, por su gracia, vuelva a abrirme a su palabra?