Significado. Refugiarse en el Señor es confiar en que su carácter inmutable, y no nuestra fuerza, sostiene al creyente. Quien se esconde en Dios jamás quedará avergonzado para siempre.

Contexto. El Salmo 71 es una oración sin título atribuido en la tradición a un creyente que envejece, posiblemente David en sus últimos años o un piadoso de su entorno. Brota de un alma acosada por enemigos y por la fragilidad de la vejez, dirigida a Dios como su roca permanente. El versículo 1 abre el salmo retomando casi palabra por palabra el comienzo del Salmo 31, mostrando una fe alimentada por la oración heredada y meditada a lo largo de toda una vida en el pueblo del pacto.

Explicación. «En ti, oh Señor, me he refugiado; no sea yo jamás avergonzado». El verbo hebreo «jasáh», refugiarse, evoca al que corre a esconderse bajo una roca o tras un muro frente a la tormenta. Lo notable es la prioridad enfática: «en ti» encabeza la frase, porque la confianza reformada descansa no en la intensidad del que cree, sino en la fidelidad soberana de Aquel en quien se cree. La petición «no sea yo avergonzado» no teme la humillación pasajera, sino el desamparo definitivo; y el salmista sabe que Dios, por su elección y su pacto, guarda perseverantes a los suyos. Aquí late la doctrina de la gracia: la fe misma es don, y el refugio es seguro porque Dios sostiene al que en él se ampara.

Referencias relacionadas. El paralelo directo es Salmos 31:1; compárese también con Salmos 25:2 y 22:5, donde confiar y no ser avergonzado se entrelazan. Pablo recoge esta misma promesa en Romanos 10:11 y 9:33, aplicándola a Cristo, la roca de refugio. Hebreos 6:18 describe a los creyentes como quienes «se acogieron para asirse de la esperanza» puesta delante.

Aplicación práctica. En tiempos de debilidad, enfermedad o ataque, el creyente no se vuelve hacia sus propias defensas, sino que corre a Dios como a su única fortaleza. La vejez, la pérdida de fuerzas y la oposición no anulan esta confianza; la depuran. Conviene hacer de este versículo una oración diaria, recordando que nuestra seguridad final no se apoya en nuestra constancia, sino en la fidelidad de Aquel que comenzó la buena obra y la perfeccionará.

Para reflexionar. ¿Hacia dónde corres instintivamente cuando llega la tormenta, hacia tus propios recursos o hacia el Señor que nunca avergüenza a quien en él se refugia?

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