Significado. Aquí se desnuda el pensamiento secreto del impío y del creyente tentado: imaginar que Dios no ve ni se interesa por la conducta humana. Negar la providencia es el primer paso hacia el desorden moral.

Contexto. El Salmo 73 abre el libro tercero del Salterio y se atribuye a Asaf, levita y director musical en tiempos de David. Asaf confiesa que estuvo a punto de resbalar al contemplar la prosperidad de los malvados (vv. 2-3). Los versículos 8-11 reproducen el lenguaje arrogante de esos impíos; en el versículo 11 Asaf cita la conclusión a la que llegan: «¿Cómo sabe Dios?». El salmo fue compuesto para la congregación de Israel, pueblo del pacto, como advertencia contra la envidia y como testimonio de la fe que se recupera en el santuario (v. 17).

Explicación. «Y dicen» introduce el razonamiento del corazón altivo. La pregunta «¿cómo sabe Dios?» no es duda intelectual sino rechazo práctico de la omnisciencia divina; suponen que «el Altísimo» (Elyón) está demasiado lejos para tomar nota de los asuntos terrenales. Desde la perspectiva reformada, esta es la raíz del pecado: un Dios reducido, despojado de su soberanía y de su gobierno providencial sobre todas las cosas. La Confesión de Westminster afirma que Dios sostiene, dirige y gobierna todas las criaturas y acciones; negar ese conocimiento exhaustivo es construir un ídolo manejable. Asaf, al citar estas palabras, expone cuán vacío es el discurso de quienes prosperan sin temor de Dios.

Referencias relacionadas. El mismo desafío resuena en el Salmo 10:11 («Dios ha olvidado») y en el Salmo 94:7-9, donde el Señor responde que quien formó el oído ciertamente oye. Job 22:13 repite la acusación de que Dios juzga «tras la oscura nube». En contraste, Proverbios 15:3 declara que los ojos del Señor están en todo lugar, y Hebreos 4:13 enseña que todo está «desnudo y abierto» ante aquel a quien rendiremos cuentas. Cristo mismo conoce los pensamientos del corazón (Juan 2:25).

Aplicación práctica. Vivimos rodeados de una cultura que actúa como si el cielo estuviese vacío y la conducta no tuviera testigos. Cada vez que pecamos en secreto repetimos, en miniatura, la pregunta de los impíos: «¿cómo lo sabrá Dios?». La fe reformada nos llama a caminar coram Deo, delante del rostro de Dios, recordando que su providencia abraza incluso lo oculto. La prosperidad de los malvados no desmiente su gobierno; el santuario nos enseña a ver el final de las cosas. Descansa en que el Pastor que todo lo ve también te sostiene de tu mano derecha (v. 23).

Para reflexionar. ¿Hay áreas de mi vida que vivo como si Dios no estuviera mirando, y qué cambiaría si creyera de verdad que el Altísimo conoce todo?

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