Significado. La envidia ante la prosperidad de los malvados nace de medir la vida con la balanza del momento y no con la de la eternidad. Es el primer paso de un alma que casi resbala, hasta que vuelve a poner sus ojos en Dios.

Contexto. El Salmo 73 abre el tercer libro del Salterio y se atribuye a Asaf, uno de los músicos y videntes establecidos por David para el servicio del templo. Asaf escribe como creyente sincero que, en medio del pueblo del pacto, atraviesa una crisis de fe: contempla a los impíos gozando de salud, riqueza y aparente impunidad, mientras los justos sufren. El salmo es una confesión personal dirigida a la comunidad de los redimidos, que también lucha con la aparente injusticia de la providencia divina.

Explicación. «Tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos» (v. 3). El verbo hebreo traducido «tuve envidia» («qanaʼ») denota un celo ardiente que aquí se torna pecaminoso. El objeto de esa envidia son los «arrogantes» («holelim»), los que se jactan vacíamente, y su «prosperidad» («shalom»), esa paz superficial y bienestar terrenal. Desde una lectura reformada, el versículo desnuda la corrupción que aún habita en el corazón regenerado: incluso un siervo de Dios puede tropezar cuando juzga el favor divino por los bienes visibles. La soberanía de Dios no se mide por la abundancia presente; el Señor reparte sus dones temporales según su libre voluntad, sin que ello revele su decreto eterno de elección o reprobación. Asaf confunde, por un instante, prosperidad con bendición, olvidando que el fin de los impíos será su destrucción (v. 17).

Referencias relacionadas. El mismo desconcierto resuena en Job 21:7 y Jeremías 12:1, donde los justos preguntan por qué prosperan los malos. El Salmo 37:1 manda «no te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad». Proverbios 23:17 exhorta: «no tenga tu corazón envidia de los pecadores». Y el Señor Jesús, en Lucas 16:25, descorre el velo de la eternidad sobre el rico y Lázaro, confirmando que el desenlace verdadero pertenece al mundo venidero.

Aplicación práctica. El corazón del creyente sigue siendo terreno fértil para la envidia cuando compara su andar con el éxito de quienes ignoran a Dios. La cura no está en obtener lo mismo, sino en entrar «en el santuario de Dios» (v. 17), es decir, en contemplar la realidad desde la perspectiva de la adoración y la Palabra. Cultiva el contentamiento que brota de saber que tu mayor tesoro no es lo que posees, sino que Dios mismo es «la roca de tu corazón y tu porción para siempre» (v. 26). Examina tus deseos a la luz de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre para enriquecerte eternamente.

Para reflexionar. ¿Estás midiendo la bondad de Dios por lo que ves a tu alrededor, o por la herencia incorruptible que Él te ha asegurado en Cristo?

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