Significado. Los enemigos se proponen aniquilar por completo el culto a Dios en la tierra, pero su odio no escapa al gobierno soberano del Señor, que reina aun sobre la aparente ruina de su pueblo.

Contexto. El Salmo 74 es un salmo comunitario de lamento atribuido a Asaf, o a la escuela de cantores levitas que llevaba su nombre. Describe la devastación del santuario, muy probablemente la destrucción del templo de Jerusalén por los babilonios en el año 587 a.C. El pueblo del pacto, exiliado y humillado, clama ante el silencio de Dios y le recuerda que las ovejas profanadas son suyas. El versículo 8 forma parte de la descripción del saqueo.

Explicación. El texto pone en boca de los adversarios un propósito escalofriante: «destruyámoslos de una vez» o, según la lectura del término hebreo, «oprimámoslos juntos». Su meta no era solo el botín, sino abrasar todos los lugares donde se invocaba el nombre de Dios. La frase «todas las sinagogas» (mo'adim, los lugares de reunión sagrada) muestra una guerra abierta contra el culto verdadero. Desde la perspectiva reformada, este versículo manifiesta la radical enemistad del hombre caído contra Dios (Romanos 8:7); sin embargo, la confesión misma de que existen «lugares de Dios» recuerda que el Señor conserva siempre testimonio de sí. La furia humana es real, pero está contenida dentro de los límites de la providencia divina, que jamás abandona del todo a su iglesia.

Referencias relacionadas. La destrucción del templo se anuncia en 2 Reyes 25:9 y Lamentaciones 2:6-7. El intento de borrar el culto se asemeja al de Acab y Jezabel (1 Reyes 19:10), pero Dios responde como entonces: «me he reservado siete mil» (Romanos 11:4). Cristo, verdadero templo (Juan 2:19-21), garantiza que las puertas del Hades no prevalecerán contra su iglesia (Mateo 16:18).

Aplicación práctica. Cuando el mundo parece decidido a silenciar la adoración a Dios, ya sea por violencia, indiferencia o secularismo, el creyente no debe desesperar. El versículo nos enseña a nombrar el mal con honestidad delante de Dios, sin disimularlo, y a la vez a confiar en que ningún plan contra su pueblo prospera fuera de su decreto. La iglesia ha sido quemada muchas veces y siempre ha resurgido, porque su fundamento es la elección eterna y la obra consumada de Cristo, no la fragilidad de sus edificios.

Para reflexionar. ¿Pongo mi confianza en las estructuras visibles de la fe o en el Dios soberano que sostiene a su iglesia aun cuando los «lugares de reunión» son destruidos?

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