Salmo 75:6
Significado. Ninguna región de la tierra es fuente de exaltación; el ascenso del hombre no brota del oriente ni del occidente ni del desierto, sino únicamente de la mano soberana de Dios.
Contexto. El Salmo 75 es un cántico atribuido a Asaf, director de música en tiempos de David, encomendado «al músico principal» con la indicación «no destruyas». Es un salmo de acción de gracias y advertencia que celebra a Dios como juez justo de la historia. Dirigido al pueblo del pacto, contrasta la arrogancia de los impíos con la certeza de que el Señor, en su tiempo, abate al soberbio y enaltece al humilde. El versículo 6 introduce la razón teológica de esa confianza.
Explicación. El texto afirma que «la exaltación» no viene del oriente, ni del occidente, ni del desierto del sur. La palabra hebrea para enaltecer (rum) evoca el levantar la cabeza, ser puesto en alto, recibir honra y poder. Al negar las direcciones cardinales, el salmista excluye toda fuente terrenal o geopolítica del poder: ni alianzas con imperios del este, ni rutas comerciales del oeste, ni conquistas del sur otorgan verdadera grandeza. El versículo 7 completa la idea: «mas Dios es el juez; a éste humilla, y a aquél enaltece». Aquí late el corazón de la teología reformada: la soberanía absoluta de Dios sobre tronos y naciones. El que levanta y el que abaja es el Señor, no el mérito ni la ambición humana. Toda exaltación es don de la gracia, no logro de la carne.
Referencias relacionadas. El cántico de Ana proclama: «Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece» (1 Samuel 2:7). Daniel confiesa que Dios «quita reyes, y pone reyes» (Daniel 2:21), y Nabucodonosor aprende que «el Altísimo gobierna el reino de los hombres» (Daniel 4:25). María lo canta: «Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes» (Lucas 1:52). Pablo lo sella: «no hay autoridad sino de parte de Dios» (Romanos 13:1), y el mismo Cristo declara ante Pilato que ningún poder existe «si no te fuese dado de arriba» (Juan 19:11).
Aplicación práctica. En una cultura que idolatra el éxito por esfuerzo propio, el creyente reformado halla descanso: tu posición, tu trabajo, tu influencia no dependen de la geografía de tus oportunidades ni de tus estrategias, sino del decreto del Padre. Esto mata la ansiedad del que cree que debe trepar por sí mismo, y desinfla la soberbia del que ya subió. Sirve con fidelidad donde Dios te ha puesto, sabiendo que la promoción verdadera viene de él, y que el Cristo humillado fue exaltado hasta el nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9).
Para reflexionar. ¿Buscas tu exaltación en los «puntos cardinales» de este mundo —contactos, méritos, circunstancias— o descansas en el Dios que humilla y enaltece según su santa voluntad?