Significado. De Sion se dirá «este y aquel nacieron en ella», porque la gracia soberana de Dios concede ciudadanía celestial a quienes no nacieron allí por origen, sino por elección y nuevo nacimiento.

Contexto. El Salmo 87 es un cántico de los hijos de Coré, levitas dedicados al servicio del templo. Celebra a Sion, la ciudad de Dios, como madre espiritual de las naciones. En un tiempo en que Israel se veía rodeado de pueblos hostiles —Rahab (Egipto), Babilonia, Filistea, Tiro y Cus—, el salmista anuncia, por revelación profética, que esas mismas naciones serían contadas entre los nacidos en Sion, anticipando la reunión de un pueblo universal bajo el Dios de la alianza.

Explicación. El versículo declara que «de Sion se dirá: este y aquel nacieron en ella», y añade que «el Altísimo mismo la afirmará». El verbo «nacer» no apunta al origen físico sino a una pertenencia otorgada desde lo alto; la repetición «este y aquel» subraya la individualidad de cada miembro del pueblo de Dios, conocido y registrado por nombre. La frase «el Altísimo la afirmará» (o «la establecerá») revela que la permanencia de Sion no descansa en muros ni en fuerza humana, sino en el decreto inquebrantable de Dios. Desde una lectura reformada, vemos aquí la soberanía divina en la elección: no es el mérito ni la sangre del pueblo lo que constituye ciudadanía, sino la voluntad eficaz del Altísimo, que llama, regenera y conserva a los suyos.

Referencias relacionadas. Gálatas 4:26 presenta «la Jerusalén de arriba» como madre de los creyentes; Hebreos 12:22-23 habla del «monte de Sion» y de los «inscritos en los cielos»; Filipenses 3:20 afirma que «nuestra ciudadanía está en los cielos». Isaías 60:3-4 y Salmos 86:9 anuncian a las naciones acudiendo a la luz de Dios, y Apocalipsis 21:24-27 muestra el cumplimiento final en la nueva Jerusalén, cuyos habitantes están escritos en el libro de la vida del Cordero.

Aplicación práctica. Tu identidad más profunda no se define por tu nacimiento natural, tu nación ni tu pasado, sino por haber sido inscrito por gracia en la ciudad de Dios. Si has nacido de nuevo por el Espíritu, perteneces a un pueblo que el Altísimo mismo sostiene y que no será removido. Esta certeza libera del orgullo de los privilegios humanos y consuela al que se siente extranjero: en Cristo, el de afuera es hecho ciudadano, y el más distante es llamado hijo. Vive, pues, con la dignidad y la esperanza de quien tiene su nombre escrito en el cielo.

Para reflexionar. Si tu pertenencia a la ciudad de Dios depende del decreto soberano del Altísimo y no de tu origen, ¿cómo cambia esto la manera en que valoras tu identidad y miras a los que aún están afuera?

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